agosto 10, 2026

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Los veranos que jamás olvidaré

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Hace unos días escuchaba una conversación entre dos buenos amigos, David Eduardo Rivera y Pancho Esparza, en su programa de radio. Hablaban de los veranos de la infancia, más largos que los de hoy. Recordaban aquellos días en el campo, entre árboles, tierra, un buen libro y esa libertad que solo las vacaciones podían regalar. Mientras los escuchaba, comenzaron a desfilar también mis propios veranos.

Entonces comprendí que todos tenemos un verano que nunca terminó.

Los de mi generación crecimos cuando las vacaciones significaban salir de casa desde temprano y regresar únicamente cuando el sol comenzaba a ocultarse. Las calles eran nuestro parque. Bastaban un balón, dos piedras para improvisar una portería, un bote pateado, unas canicas o un trompo para convertir cualquier esquina en la mejor aventura.

No había teléfonos celulares ni redes sociales. Nuestro entretenimiento era convivir, correr, jugar y descubrir el mundo junto a los amigos del barrio. Sin saberlo, aquellos días estaban formando recuerdos que el tiempo jamás lograría borrar.

Pero mis veranos tuvieron, además, un privilegio que marcó mi vida para siempre.

Desde los cinco años empecé a jugar futbol con Dn. Carlos Vega Villalba. Lo que parecía un juego terminó convirtiéndose en una verdadera escuela de vida.

Con él aprendimos mucho más que a jugar futbol. Aprendimos disciplina, respeto, puntualidad, responsabilidad y el orgullo de representar a Zacatecas en torneos nacionales. Gracias a ese deporte conocí varias ciudades de la República, pero hoy entiendo que el viaje más importante no fue el que hicimos por carretera, sino el que hicimos como personas.

Don Carlitos tenía el don de convertir una sencilla instrucción deportiva en una enseñanza para toda la vida. Antes de iniciar un partido, y también durante los entrenamientos, nos repetía una frase que jamás olvidé:

“Antes de recibir el balón, ya tenemos que saber qué hacer.”

Entonces hablaba del siguiente pase en la jugada. Hoy comprendo que nos estaba preparando para la vida. Nos enseñaba a pensar antes de actuar, a prepararnos antes de que llegaran las oportunidades y a entender que la improvisación rara vez sustituye a la preparación.

Con el paso de los años descubrí que tenía razón. La cancha era un espejo de la vida. Allí aprendíamos a respetar las reglas, a reconocer al rival, a aceptar las derrotas con dignidad y a disfrutar las victorias con humildad.

Sin proponérselo, don Carlitos no solo formó futbolistas; formó personas. Para mí, y sé que también para muchos de mis compañeros, fue como un padre. Nos exigía porque creía en nosotros, nos corregía porque quería vernos crecer y nos enseñaba con el ejemplo que el verdadero triunfo siempre comienza por el carácter.

Estoy seguro de que algunos de quienes hoy leen esta columna fueron compañeros de aquellos veranos. Compartimos el mismo uniforme, los mismos entrenamientos, muchas veces hasta la misma escuela, los viajes en autobús, las derrotas que dolían y las victorias que nos hacían sentir invencibles. 

Hoy los veranos son distintos. Las nuevas generaciones tienen otras formas de divertirse y de relacionarse. No se trata de decir que antes todo era mejor. Cada época tiene su propia riqueza.

La vida todavía me tenía reservada una alegría más. Años después, mis propios hijos también tuvieron la fortuna de ser formados por don Carlitos. Verlos correr por las mismas canchas y escuchar las mismas enseñanzas fue cerrar un hermoso círculo. Hoy entiendo que algunos hombres trascienden no por los campeonatos que ganan, sino por las personas que ayudan a formar.

Y quizá aquí cada lector pueda detenerse un instante y volver a sus propios veranos. Tal vez también hubo un maestro, un entrenador, un vecino o un amigo que, sin saberlo, dejó una enseñanza que todavía lo acompaña. Todos hemos tenido algún “don Carlitos” en nuestra historia: alguien que creyó en nosotros, nos corrigió, nos impulsó o simplemente estuvo ahí cuando comenzábamos a descubrir la vida.

Vale la pena preguntarnos quién fue esa persona y, sobre todo, si alguna vez le dimos las gracias. Y si todavía tenemos la fortuna de tenerla cerca, quizá hoy sea un buen día para hacerlo.

Porque al final los recuerdos más valiosos no son necesariamente los grandes acontecimientos. Muchas veces son aquellas tardes aparentemente insignificantes que, con los años, descubrimos que estaban construyendo la persona que llegaríamos a ser.

Quizá por eso, cuando pienso en los veranos que jamás olvidaré, no recuerdo primero los partidos ni los trofeos. Recuerdo a quienes sembraron en nosotros valores que siguen dando fruto muchos años después.

Los veranos terminaron, pero las lecciones de vida nunca.

gerardolunadar2013@gmail.com

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