En La Odisea, Homero cuenta la historia de Odiseo —a quien durante siglos la tradición latina llamó Ulises—, el guerrero que, después de combatir diez años en la guerra de Troya, emprende el viaje de regreso a su hogar. Su deseo parece sencillo: volver a su isla, reencontrarse con Penélope, abrazar a su hijo Telémaco y recuperar la vida que dejó atrás.
Sin embargo, el regreso tarda otros diez años.
En el camino enfrenta tormentas, monstruos, hechiceras, cantos seductores, pérdidas y naufragios. Pero, aun cuando recibe promesas de placer, poder e incluso inmortalidad, Odiseo conserva una idea fija: volver.
Tal vez por eso La Odisea continúa conmoviendo después de tantos siglos. Porque, aunque no naveguemos por mares desconocidos ni tengamos que enfrentarnos a cíclopes y sirenas, todos llevamos dentro el deseo de regresar al lugar donde realmente pertenecemos.
Volver no siempre significa regresar a un sitio físico.
Para algunos, ese lugar es la casa donde crecieron, el patio donde jugaron de niños, la cocina donde se reunía la familia o la calle donde aprendieron a mirar el mundo. Basta el aroma de una comida, una canción o una fotografía para que ese territorio vuelva a cobrar vida.
Pero el hogar también puede ser una persona. Hay seres cuya presencia nos hace sentir protegidos. A su lado podemos descansar, hablar sin miedo, guardar silencio y mostrarnos como realmente somos. Existen abrazos que se parecen mucho a volver.
En otras ocasiones, regresar significa recuperar la tranquilidad que la vida, con sus prisas y preocupaciones, fue dejando atrás. Pasamos los años acumulando responsabilidades, reconocimientos, heridas y temores, hasta descubrir que nos hemos alejado de nosotros mismos.
También nosotros escuchamos sirenas. Son esas voces que nos prometen éxito, dinero o poder. Nos hacen creer que la felicidad está en la siguiente meta. Muchas veces las seguimos, hasta comprender que ninguna conquista exterior puede sustituir la paz interior.
Nuestros cíclopes pueden ser el orgullo, el resentimiento, la ambición o el miedo. Las tormentas son las pérdidas, las decepciones y los cambios inesperados. Cada persona enfrenta sus propios naufragios.
Sin embargo, aun en los momentos más difíciles, permanece la memoria de aquello que nos da paz.
Quizá regresar sea volver a la espiritualidad, no entendida necesariamente como una religión, sino como la capacidad de detenernos, hacer silencio, agradecer, perdonar y preguntarnos qué sentido tiene realmente nuestra existencia.
Con los años solemos complicarlo todo. Queremos demostrar, competir, controlar y acumular. Olvidamos que muchas veces la felicidad estuvo siempre en las cosas más sencillas: una mesa rodeada de afectos, una conversación tranquila, el trabajo realizado con dignidad y la posibilidad de dormir en paz.
Odiseo tardó veinte años en volver a Ítaca. El largo viaje terminó por enseñarle que Ítaca no sólo era su hogar, sino también el pretexto para descubrir quién era realmente.”
Volver puede ser reconciliarnos con nuestra historia. Aceptar nuestras heridas, reconocer nuestros errores y recuperar una parte de nosotros que creíamos perdida. No se trata de vivir en el pasado, sino de rescatar de él aquello que todavía puede darnos sentido.
Al final, todos somos un poco Odiseo. Navegamos entre pérdidas y esperanzas, buscamos caminos, cometemos equivocaciones y resistimos tormentas. Detrás de cada esfuerzo existe un deseo profundo: llegar a un lugar donde podamos descansar sin máscaras.
Nuestra Ítaca puede ser una ciudad, una familia, una persona, una creencia, un recuerdo o simplemente la serenidad de nuestra mente.
Y quizá, después de todo, regresar a Ítaca nunca consistió únicamente en llegar. El poeta griego Constantino Cavafis, inspirado en la historia de Odiseo, escribió: «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo.» Es una invitación a comprender que el verdadero tesoro no está sólo en el destino, sino en todo aquello que el camino nos enseña.
Porque todos queremos volver a Ítaca. Pero cuando finalmente lleguemos, descubriremos que lo más valioso no será haber regresado, sino la persona en la que nos convertimos durante el viaje.
*los invito a leer o a ver la película reciente