La tragedia provocada por los dos terremotos en Venezuela no solo dejó muerte, dolor y miles de familias destruidas. También golpeó de lleno al discurso político del gobierno, porque exhibió una realidad que durante años fue denunciada por especialistas: muchas viviendas levantadas como símbolo social del chavismo no estaban preparadas para resistir una emergencia de esta magnitud.
De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos, el 24 de junio se registraron dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 en el norte de Venezuela, al oeste de Caracas. El mismo organismo advirtió que los movimientos podían generar deslizamientos importantes en la zona afectada. La agencia Reuters reportó que la cifra oficial de muertos subió a 2,954, con más de 16 mil personas sin hogar y un conteo no oficial de desaparecidos superior a 41 mil.
El golpe político para el gobierno venezolano es enorme porque la vivienda fue presentada durante años como una bandera social. La llamada Gran Misión Vivienda no era solo un programa de construcción; era propaganda, legitimidad y promesa de protección para los sectores más pobres. Por eso, cuando varios edificios colapsan y familias completas quedan atrapadas bajo los escombros, el problema deja de ser únicamente natural y se convierte en una acusación moral contra el Estado.
La tragedia también abrió el debate sobre la calidad de las construcciones. La agencia Asociated Press reportó que edificios antiguos, inmuebles fuera de norma, suelos blandos y construcciones deficientes hicieron más vulnerables a varios vecindarios. También señaló que algunos complejos residenciales fueron construidos rápidamente durante los años de bonanza petrolera y que expertos consideran posible que no se hayan seguido las mejores prácticas antisísmicas.
El daño para el gobierno populista es doble. Primero, porque rompe la narrativa de que el Estado protege al pueblo. Segundo, porque coloca bajo sospecha el uso de recursos públicos en obras que, en teoría, debían garantizar seguridad y vivienda digna. Infobae reportó que los sismos pusieron bajo presión a la Gran Misión Vivienda y que distintos sectores han pedido auditorías técnicas independientes para determinar si los daños fueron producto exclusivo del terremoto o si también influyeron fallas de diseño, materiales, construcción o supervisión.
Para el pueblo venezolano, el impacto es todavía más doloroso. No solo perdió casas; perdió confianza. Muchas familias que aceptaron esas viviendas como una oportunidad de vida hoy enfrentan luto, desplazamiento, incertidumbre y miedo de regresar a edificios que podrían estar dañados. Reuters también documentó críticas de voluntarios y organismos de ayuda por la llegada tardía de alimentos, medicinas y maquinaria pesada, lo que aumentó la percepción de abandono oficial.
La consecuencia más grave es que la tragedia puede convertirse en un parteaguas político. En un país ya golpeado por crisis económica, migración, deterioro institucional y desconfianza, el derrumbe de viviendas públicas puede leerse como el derrumbe de una promesa: la de un gobierno que ofreció justicia social, pero que hoy enfrenta acusaciones de narcontráfico, opacidad, improvisación y corrupción.
Sin embargo, también debe decirse con rigor: todavía hacen falta peritajes independientes para determinar responsabilidades edificio por edificio. No todo colapso puede atribuirse automáticamente a corrupción, porque también influyeron la fuerza del doble sismo, el tipo de suelo, la antigüedad de las estructuras y la falta de reforzamiento sísmico. Pero si se confirma que hubo materiales de baja calidad, sin el dictamen técnico de uso de suelo, obras mal supervisadas o contratos opacos, entonces Venezuela no estaría solo ante una catástrofe natural, sino ante una tragedia agravada por decisiones políticas y corrupción.
En términos simples, el terremoto destruyó edificios; pero también desnudó la fragilidad de un modelo de gobierno que convirtió la vivienda en bandera ideológica, mientras pudo haber descuidado lo esencial. Que esas casas realmente protegieran la vida de quienes las habitaban.
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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.