Salvador Muñoz
Los Políticos
El sueño húmedo de algunos nostálgicos de la plenitud del pinche poder, rumbo al 2030, tiene nombre y apellido: Javier Herrera Borunda.
No porque haya encabezado una revolución política. No porque haya construido una estructura propia. No porque haya demostrado una capacidad de gobierno excepcional. No. Sólo porque se apellida Herrera.
Y para cierto sector del electorado veracruzano eso basta porque hay una parte de nuestra cultura política que nunca terminó de abandonar la Hacienda. Cambiaron los sombreros por las campañas, los caballos por las camionetas blindadas y el látigo por las redes sociales, pero la mentalidad sigue siendo la misma: muerto el patrón, que siga el hijo del patrón.
Por eso, cada vez que aparece Javier Herrera Borunda en el radar sucesorio, no pocos sienten una nostalgia casi romántica por aquellos tiempos de la plenitud del pinche poder de Fidel Herrera concentrado en el poder político del estado, como si Veracruz fuera patrimonio familiar y no una entidad federativa.
La pregunta es inevitable: ¿qué mérito propio tendría Javier para aspirar a gobernar Veracruz que no venga acompañado del recuerdo de su padre?
Porque una cosa es construir una carrera política y otra vivir de las rentas históricas de un apellido.
Tranquilos… el fenómeno no es exclusivo de los Herrera.
Lo (vi)vimos con Miguel Ángel Yunes Márquez, quien parecía destinado a heredar la silla de Palacio de Gobierno como si se tratara de una sucesión testamentaria. La historia terminó demostrando que los votos no siempre respetan los árboles genealógicos.
Y ahí anda también Dante Delgado Morales, mucho más discreto, avanzando sin aspavientos. Todo indica que buscará una curul, pero en una de esas, si la moda es reciclar apellidos ilustres, ¿por qué dejar fuera al hijo de Dante?
Total, si la política veracruzana va a convertirse en una reunión de herederos, al menos que el menú esté completo.
Imagínese usted la boleta del 2030: el hijo de Fidel, el hijo de Miguel Ángel, el hijo de Dante…
Ya nada más faltaría que algún estratega propusiera sustituir los debates por una comida familiar.
Porque de eso se trata la Juniorcracia: de la creencia de que el poder es hereditario, de que el apellido vale más que el proyecto y de que los ciudadanos deben comportarse como viejos peones agradecidos que siguen votando por la misma familia generación tras generación.
La democracia supone exactamente lo contrario.
Supone que nadie hereda el gobierno.
Supone que los cargos públicos no son bienes patrimoniales.
Supone que el electorado puede admirar a un político sin sentirse obligado a adoptar a sus descendientes.
Por eso el caso de Luis Donaldo Colosio Riojas resulta excepcional. Ahí existe una tragedia histórica, un símbolo nacional y una narrativa que trasciende al apellido. Aun así, ni siquiera él tiene derecho automático a nada.
Las urnas no reconocen linajes.
O al menos no deberían.
Quizás debamos agradecer la soltería política y familiar de Cuitláhuac García. Con todos los debates que genera su gobierno, al menos nos ahorra la tentación de discutir cuál de sus descendientes sería el heredero legítimo del trono.
Porque una cosa es la democracia y otra muy distinta es seguir creyendo que Veracruz necesita príncipes cuando lo que necesita son gobernantes.