Hoy no hay pastel. No. Ni cerecita. No. Ni aplausos ni discurso que alcance. No.
Hoy, día dedicado a la Libertad de Expresión, los periodistas independientes no tenemos nada que celebrar. Porque si lo hacemos sería mentir. Y de engaños está lleno el púlpito mañanero.
“El poder no cambia. El periodismo incomoda, pero en México cuando se siente amenazado, manotea”, le expresó a un amigo comunicador un apasionado del trabajo periodístico hasta sus últimos momentos, don Julio Scherer García.
La represión no siempre llega con tolete y patrulla. A veces llega con auditoría del SAT, con demanda millonaria, con la etiqueta de “conservador” en la mañanera. Llega con el silencio comprado de las pautas oficiales y con el balazo que nadie investiga.
¿De qué sirve la libertad si cuesta la vida?
¿De qué sirve? ¿De qué?
México es el país sin guerra más letal para ejercer el periodismo. Veracruz encabeza la tabla de posiciones. Artículo 19 lo documenta: 167 periodistas asesinados desde 2000. 43 en este sexenio. ¿Cuántos más para que deje de ser “estadística” y se vuelva escándalo?
Los pésimos funcionarios no le temen a la crítica. Le temen a la prueba. Por eso hostigan. Por eso filtran. Por eso usan a la delincuencia organizada como brazo armado de la censura. Matan al mensajero para que no llegue el mensaje.
La complicidad tiene dos caras.
Una, la del alcalde que entrega la plaza y luego se indigna en rueda de prensa.
La otra, la del funcionario que grita “corruptos” al aire, pero persigue a quien publica los contratos, los moches, las casas grises.
“Servidores del pueblo”, les dicen. Pero el pueblo no los contrató para amenazar. Los empleó para rendir cuentas. Y cuando un reportero pregunta, no está atacando: está haciendo su trabajo. La actividad que ellos no hacen.
“El viejo y rancio discurso que se usaba contra las mujeres regresa con otra máscara: si antes se culpaba a las víctimas de violación por usar faldas cortas, hoy se regresa a culpar a los periodistas de su propia desaparición por el simple hecho de escribir y criticar. Lo más infame es que muchos de estos ataques ocurren bajo la complacencia e instrucción de las autoridades, operando bajo la premisa de que el crimen organizado y el Estado son la misma cosa o, cuando menos, socios comerciales que garantizan la impunidad”, escribió el talentoso abogado, académico y politólogo, Ignacio Morales Lechuga, un auténtico defensor de los derechos de los periodistas.
Este 7 de junio no se brinda. Se resiste.
Se soporta con datos, con grabadora, con celular en mano. Se tolera nombrando lo que otros callan: el huachicol en la nómina, el cártel en la presidencia municipal, la impunidad, la inseguridad, el desfalco con banda ejecutiva, por citar algunos.
Porque la pluma se dobla. No se rompe. Y su tinta, tarde o temprano, manchará a quien creyó que el poder borra expedientes.

Así que no: hoy no celebramos.
Hoy seguimos de pie. Con la frente en alto, con la pluma firme, y con la dignidad por delante.
Porque sin prensa libre, lo que sigue no es la 4T. Es el silencio. Y el silencio sí mata.
Los ataques a periodistas desde el atril principal de Tesorería de Palacio Nacional recuerdan una vieja lección de física: todo lo que se lanza hacia arriba, regresa y cuando regresa, no distingue entre el gesto y quien lo ejecutó.
Por eso el viejo refrán:
“El que al cielo escupe en la cara le cae”.
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