El pueblo cubano tiene en Marco Rubio –un hombre que lleva en la sangre la historia del exilio– a un poderoso aliado.
El secretario de Estado de la administración Trump, es el enlace de la Casa Blanca para resolver el sufrimiento de sus paisanos.
Es el brazo derecho del presidente más influyente del mundo. Y el más temido. Y el más fanfarrón.
Para millones de exiliados cubanos radicados en Florida, Rubio representa la posibilidad de confrontar políticamente al castrismo desde el corazón del poder estadounidense.
Por eso el mensaje que lanzó recientemente repercute en América Latina:
“Estamos listos para una nueva relación con el pueblo cubano; el problema no es la gente, sino el régimen comunista que controla el país”.
La frase no es menor. Refleja la nueva estrategia de Washington: separar al pueblo de la estructura política que gobierna la isla desde hace más de seis décadas.
La declaración viene acompañada de un dato concreto. Hay 100 millones de dólares disponibles para comprar alimentos y medicinas.
La condición es clara: la ayuda debe llegar al pueblo no a la dictadura. Ese matiz lo cambia todo.
La pelota está del lado de La Habana. Si rechazan la oferta, ya no podrán culpar al “imperio” del desabasto.
Si la aceptan bajo esas condiciones, reconocen que el aparato estatal es el problema en la cadena de distribución.
Rubio no inventó la desconfianza. La inventó el historial de un gobierno que raciona el pollo, dolariza las farmacias y convierte cada donación internacional en capital político.
Por eso la frase “directo al pueblo” no es retórica. Es la diferencia entre asistencia humanitaria y financiamiento de un régimen. 100 millones de dólares compran 40 mil toneladas de arroz o 18 millones de frascos de antibiótico.
En manos de una ONG, alivian hambre. En manos del Estado cubano se vuelven moneda de control.
La nueva relación que ofrece Rubio es dejar que el pueblo coma sin pedir permiso al Partido.
Si el comunismo cubano se niega habrá confesado que prefiere el poder a la mesa llena. Y el mundo lo estará viendo.
Hay que puntualizar que los alimentos han sido utilizados como herramienta de control político.
Si rechaza el apoyo reforzaría la narrativa de los Estados Unidos de que el embargo no es la causa del desabasto, trasladando el costo político al gobierno cubano ante su propia población.
Lo cierto es que Cuba vuelve a colocarse en el centro del tablero internacional.
Y mientras gobiernos discuten ideologías, sanciones y soberanía, millones de cubanos siguen esperando algo mucho más simple: electricidad, medicinas, comida…y esperanza.
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