mayo 28, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Tentación perversa

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Hay etapas en que el poder político deja de ser un escudo y se convierte en una pesada carga.

Cuando las sospechas se acumulan, las explicaciones no convencen y los rumores comienzan a sustituir a los hechos, surge un fenómeno tan antiguo como el propio ejercicio del poder: la tentación de desaparecer.

No se trata de una desaparición física. A veces es una ausencia política, mediática o moral.

El personaje público deja de dar entrevistas, evita reflectores, limita sus apariciones y apuesta a que el paso del tiempo haga el trabajo que no pudieron hacer los argumentos.

Eso le podría suceder a Adán Augusto López, el hermano incómodo de López Obrador.

Cuentan tabasqueños ligados al poder político, la posibilidad de que el senador “muera” súbitamente para protegerse de las cortes federales estadounidenses.

No sería una “muerte” natural y verdadera sino planeada y plasmada en un acta de defunción hechiza.

La estrategia consiste en esperar a que la tormenta se agote sola.

En México, la historia política está llena de funcionarios que parecían invencibles hasta que la realidad los alcanzó. Gobernadores, secretarios de Estado, líderes partidistas y operadores electorales que un día dominaron titulares y al siguiente se convirtieron en sombras de sí mismos.

El poder, que durante años les abrió todas las puertas, terminó encerrándolos en un laberinto de sospechas.

La perversidad del sistema radica precisamente en eso: durante décadas se construyó una cultura donde muchos personajes llegaron a creer que la cercanía con el poder equivalía a impunidad permanente. Que los cargos eran blindajes. Que las amistades políticas valían más que las instituciones. Que la lealtad al grupo estaba por encima de la ley.

Pero los tiempos cambian. Las presiones internacionales, las investigaciones financieras, la vigilancia de organismos de inteligencia y la velocidad con la que circula la información han reducido los márgenes de maniobra.

Lo que antes podía ocultarse durante años hoy puede convertirse en noticia global en cuestión de horas.

Por eso, cuando alrededor de una figura política como la de Adán Augusto comienzan a multiplicarse versiones y especulaciones, el verdadero problema no es el rumor en sí mismo. El problema es la falta de credibilidad. Cuando la confianza pública se erosiona, cualquier versión encuentra terreno fértil para crecer.

La gran pregunta para cualquier político bajo sospecha es sencilla: ¿cómo recuperar la confianza perdida? La respuesta también lo es: con transparencia, rendición de cuentas y sometiéndose al escrutinio de las instituciones.

Porque en una democracia nadie debería necesitar ausentarse para demostrar su inocencia.

Quien nada debe, nada teme, decía el caudillo del sur. Y quien aspira a gobernar o influir en la vida pública tiene la obligación de responder ante la sociedad y no agazaparse.

Al final, la historia demuestra que los cuchicheos pasan, las campañas terminan y los gobiernos cambian.

Lo único que permanece es la verdad. Y tarde o temprano, siempre encuentra la forma de salir a la luz.

Mientras, Adán Augusto espera la señal de Palenque para que declaren su “muerte” física y así zafarse de la justicia norteamericana.

Como dice el refrán:

“Muerto el perro, se acabó la rabia”.

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