Estos días, mientras veo algunos partidos del torneo de tenis, Roland Garros, volvió a llamarme la atención una expresión que los comentaristas repiten constantemente: “errores no forzados”.
Y pensaba que quizá pocas frases deportivas describen tan bien lo que también ocurre en la vida.
Porque muchas veces no perdemos por la fuerza del rival, ni por las circunstancias, ni siquiera por falta de capacidad… sino por errores que nacen dentro de nosotros mismos.
Aquella falla que no provoca el adversario, ni las condiciones del juego, ni la dificultad extrema de la jugada. Simplemente… el jugador se equivoca solo.
La pelota iba cómoda. Había tiempo. Había espacio. Y aun así, la red se convierte en frontera o la pelota termina fuera de la línea. Los comentaristas suelen decirlo con naturalidad: “Ese punto no lo ganó el adversario… lo perdió él mismo.”
Porque existen derrotas inevitables: enfermedades, pérdidas, injusticias, accidentes, crisis económicas o traiciones inesperadas. Pero también existen muchos “errores no forzados” que terminan complicándonos la existencia.
Palabras dichas desde el orgullo. Mensajes enviados en un mal momento. Decisiones precipitadas. Silencios innecesarios. Caprichos disfrazados de dignidad. Impulsos emocionales que destruyen relaciones, amistades, proyectos o trayectorias profesionales construidas durante años.
Cuántas veces no es la vida la que nos derrota… sino nuestra incapacidad para manejar el temperamento, el ego, la soberbia o la ansiedad.
En el ámbito profesional ocurre constantemente. Personas talentosas que pierden oportunidades por arrogancia. Liderazgos que se derrumban por falta de prudencia. Empresas que fracasan no por la competencia, sino por malas decisiones internas. Funcionarios que se destruyen solos por exceso de confianza. Relaciones laborales que terminan no por falta de capacidad, sino por falta de inteligencia emocional.
En las relaciones humanas pasa igual. Hay afectos que no terminan por ausencia de amor, sino por acumulación de pequeños errores no forzados: descuidos, indiferencias, omisiones, orgullos y palabras innecesarias.
A veces no perdemos a las personas por algo grande. Las perdemos por no cuidar lo pequeño. Y quizá por eso la madurez consiste, más que en ganar siempre, en aprender a disminuir nuestros propios errores no forzados.
Porque la vida ya trae suficientes dificultades por sí sola como para además convertirnos nosotros mismos en nuestros peores adversarios.
Los grandes jugadores entienden algo fundamental: no se trata únicamente de hacer jugadas espectaculares, sino de mantener consistencia, serenidad y control emocional durante todo el encuentro.
Porque muchas veces el rival más peligroso no está del otro lado de la red, sino dentro de la propia cabeza.
He visto grandes campeones derrumbarse no por falta de talento, sino por desconcentración, ansiedad, enojo o desesperación. Comienzan a discutir con el juez, con el público, consigo mismos… y entonces aparecen los errores no forzado
La mente se llena de ruido. De dudas. De emociones descontroladas. Y quizá en la vida sucede exactamente igual.
Cada situación es distinta. Nunca existen las mismas condiciones: cambia el clima, cambia el entorno, cambia el estado emocional, cambia el momento de la vida.
Lo mismo ocurre en nuestras relaciones, en el trabajo, en la familia, en la pareja o en las decisiones personales. No hay dos días iguales ni dos circunstancias idénticas.
Pero cuando permitimos que el odio, el rencor, la envidia, los celos, el apego o el ego gobiernen nuestra mente —esos “enemigos internos” de los que tanto habla el Dalai Lama— terminamos perdiendo claridad, serenidad y equilibrio.
Y quizá ahí esté también una de las lecciones más importantes de la vida: entender que todos cometeremos errores no forzados.
Nadie juega un partido perfecto.
Lo importante no es vivir sin equivocarnos, sino aprender a reconocer nuestros errores, corregirlos a tiempo y no permitir que el enojo, el ego o la desesperación terminen gobernando nuestra vida.
Porque incluso después de perder un punto… el partido puede continuar.
gerardolunadar2013@gmail.com
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