mayo 18, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

¿Cómo saber cuándo perdonar y cuándo no?

Compartir:

Perdonar no significa olvidar. Porque, si verdaderamente lo hubiéramos olvidado, ¿qué necesidad habría entonces de perdonar?

Tampoco significa aceptar una mala conducta, justificar una ofensa ni aprobar una acción incorrecta. El perdón no cancela la responsabilidad.

Perdonar significa algo más profundo: elegir no vivir dominados por el enojo ni por el odio. Porque cuando alguien nos hiere, nos insulta, abusa de nuestra confianza o nos ofende, lo más fácil es permitir que el resentimiento se instale dentro de nosotros. Y precisamente ahí comienza el verdadero desafío interior.

Eso no quiere decir que debamos permanecer pasivos frente a la injusticia. Hay ocasiones en las que debemos actuar, poner límites, rechazar ciertas conductas e incluso detenerlas con firmeza.

La clave está en aprender a distinguir entre la persona y sus acciones. A la persona podemos perdonarla.
A las acciones incorrectas, debemos enfrentarlas y rechazarlas: Son dos cosas distintas.

Vivimos en una época donde muchas personas confunden el perdón con debilidad. Se piensa, equivocadamente, que quien perdona renuncia a la dignidad, olvida la herida o acepta pasivamente aquello que le hizo daño. Pero quizás una de las mayores enseñanzas humanas y espirituales consiste precisamente en entender que perdonar no significa justificar.

El resentimiento es una de las cargas más pesadas que puede guardar la mente humana. Hay personas que pasan años enteros reviviendo una traición, una injusticia, un abandono o una humillación. Y aunque el tiempo avance, siguen atrapadas emocionalmente en aquel instante que les rompió algo por dentro. Lo más doloroso es que, muchas veces, quien causó el daño ya siguió su vida… mientras la víctima continúa encarcelada en el recuerdo.

Perdonar no es borrar la memoria. La memoria tiene una función: enseñarnos, protegernos y ayudarnos a madurar. Olvidar completamente sería incluso irresponsable en ciertos casos. Quien fue engañado debe aprender; quien sufrió violencia debe poner límites; quien fue traicionado necesita recuperar prudencia. El perdón auténtico no elimina la conciencia de lo ocurrido, pero sí evita que el odio siga gobernando la vida.

Hay heridas que no se pueden negar. Existen palabras que dejaron cicatrices, decisiones que destruyeron familias, amistades que terminaron por orgullo, abusos de confianza, mentiras, indiferencias y silencios que dolieron más que un grito. Frente a eso, el perdón no significa decir: “no pasó nada”. Significa algo mucho más profundo: “sí pasó… pero no permitiré que esto destruya mi paz interior”.

Quizás por eso las grandes tradiciones espirituales coinciden en algo esencial: el odio termina consumiendo primero a quien lo alimenta. El rencor es como beber veneno esperando que el otro enferme. Lentamente endurece el carácter, amarga las relaciones y roba la serenidad. Hay personas que aparentemente triunfan en la vida, pero viven permanentemente irritadas porque nunca aprendieron a soltar.

Perdonar también requiere valentía. A veces incluso más valentía que confrontar. Porque implica dominar el ego, renunciar al deseo de venganza y comprender que nadie puede vivir plenamente con el corazón convertido en archivo de agravios.

Pero atención: perdonar tampoco significa dejar de actuar frente a la injusticia. Hay acciones que deben señalarse, denunciarse o corregirse. La compasión no elimina la responsabilidad. Se puede perdonar a una persona y, al mismo tiempo, poner distancia. Se puede liberar el odio y aun así exigir verdad, justicia o reparación. Son dos dimensiones distintas.

En muchas ocasiones, además, el perdón más difícil no es hacia otros… sino hacia uno mismo. Cuántas personas viven atormentadas por errores del pasado, decisiones equivocadas o culpas que nunca pudieron superar. Y sin embargo, nadie puede reconstruirse desde el castigo eterno. La vida también exige aprender a reconciliarse con la propia historia.

Tal vez la verdadera madurez emocional comienza el día en que entendemos que perdonar no es un regalo para quien nos hirió, sino un acto de liberación personal.

Porque al final, el perdón no cambia el pasado… pero sí puede evitar que el pasado siga destruyendo el presente.

gerardolunadar2013@gmail.com

Compartir: