abril 28, 2026

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“Kalimán” Harfuch… el hombre increíble

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“Caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños”, así era presentado en la radio (1963) “Kalimán”, el hombre increíble.

En la memoria popular mexicana hay héroes que no envejecen. Uno de ellos es precisamente Kalimán, aquel justiciero sereno que resolvía conflictos con inteligencia, autocontrol y una frase convertida en doctrina nacional: “Serenidad y paciencia”. No necesitaba capa ni estridencias. Le bastaba la mente fría, la disciplina y una convicción férrea para enfrentar a los villanos de turno.

Décadas después, en la siempre agitada arena política mexicana, algunos observadores parecen haber encontrado a su versión institucional en Omar García Harfuch, hoy uno de los personajes más visibles y mejor posicionados del gabinete de Claudia Sheinbaum.

Para sus simpatizantes, Harfuch representa eficacia operativa en tiempos donde la seguridad pública se ha vuelto el examen más difícil del Estado mexicano.

No es casualidad que su apellido evoque tradición policiaca. Su linaje conecta con figuras relevantes del aparato público nacional como Javier García Paniagua y Marcelino García Barragán.

En un país donde los apellidos pesan, el suyo parece venir acompañado de expediente histórico. Para algunos, esa herencia le da oficio; para otros, sólo aumenta la expectativa.

Y expectativa es precisamente lo que sobra. México carga desde hace años con una crisis de violencia compleja: crimen organizado territorializado, economías ilícitas diversificadas, policías locales débiles y fiscalías rebasadas.

Ningún funcionario serio puede prometer milagros. Sin embargo, la política vive de símbolos, y Harfuch se ha convertido en uno de ellos: el hombre al que muchos miran cuando la realidad aprieta.

De ahí nace la parodia inevitable. Si Kalimán combatía en selvas exóticas y templos perdidos, Harfuch lo hace entre cifras delictivas, mapas de inteligencia y conferencias mañaneras. Si uno enfrentaba hechiceros, el otro enfrenta redes criminales. Si Kalimán tenía poderes mentales, Harfuch carga con algo más terrenal: cámaras, protocolos, coordinación interinstitucional y presión mediática permanente.

Claro está, en México ningún héroe sale ileso. Aquí al justiciero no sólo lo desafían los malvados; también lo cercan la burocracia, los intereses políticos, las filtraciones y la eterna costumbre nacional de exigir resultados inmediatos para problemas incubados durante décadas.

Por eso la comparación funciona como sátira, no como mito. Omar García Harfuch no es un personaje de historieta. No tiene turbante, ni poderes ocultos, ni puede hipnotizar cárteles con la mirada. Pero sí encarna algo que escasea en la vida pública: percepción de mando, disciplina y capacidad operativa.

En el fondo, la popularidad de “Kalimán Harfuch” revela más sobre el país que sobre el personaje. Cuando una nación convierte a sus secretarios en superhéroes, es porque anhela orden. Cuando espera hombres asombrosos, es porque la realidad cotidiana se ha convertido en un flagelo muy complicado.

Apodado como “Batman” en redes sociales, para muchos seguidores Harfuch se ha convertido en “Kalimán”, el hombre increíble.

Y así seguimos: esperando que alguien repita, desde Palacio o desde la calle, aquella vieja fórmula nacional que tanto hace falta: serenidad… y paciencia.

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