Hay expresiones que parecen obvias, casi redundantes. “Así pasa, cuando sucede”. Y, sin embargo, en esa aparente simpleza se esconde una verdad que la vida nos repite una y otra vez.
Nos pasamos los días anticipando lo que podría ocurrir. Imaginamos escenarios, ensayamos conversaciones, construimos preocupaciones que todavía no tienen cuerpo. La mente —esa artesana incansable— se adelanta a los hechos, los amplifica o los dramatiza. Pero la vida, con su sabiduría silenciosa, tiene otro ritmo.
Hay quien diría que esta sabiduría no es nueva. El llamado Filósofo de Güémez, (+) con su agudeza norteña, ya lo había resumido con humor y profundidad: “Así pasa, cuando sucede”. Una frase que, bajo su aparente simplicidad, encierra una filosofía de vida muy mexicana: aceptar la incertidumbre sin dramatizarla, soltar el control excesivo y comprender que la realidad no siempre responde a nuestros cálculos. Su enseñanza —mezcla de ironía y estoicismo— nos invita a vivir el presente, a no desgastarnos por lo que aún no es, y a entender que muchas veces la vida nos lleva, precisamente a través de lo inesperado, hacia donde necesitábamos llegar.
He aprendido, con los años, que muchas de las angustias que me robaron sueño jamás llegaron a concretarse. Y que muchos de los dolores que sí llegaron, nunca se parecieron a lo que imaginé. La realidad casi siempre es distinta al miedo que la anticipa.
“Así pasa, cuando sucede” es también una invitación a la humildad. Nos recuerda que no controlamos el tiempo, ni los encuentros, ni las despedidas. Que la amistad aparece cuando se cultiva, que el afecto florece cuando se cuida, que la pérdida duele cuando toca, no antes. Y que cada experiencia trae consigo una enseñanza que solo se revela en el momento justo.
He visto proyectos demorarse en pocos años y concretarse en un instante. He visto amistades enfriarse sin razón aparente y, de pronto, reencenderse con una llamada. He visto puertas cerrarse con estruendo y otras abrirse con suavidad inesperada. Así pasa, cuando sucede.
Esta frase también nos libera de vivir en permanente anticipación. Nos invita a habitar el presente con mayor serenidad. A no desgastarnos por lo que aún no es. A no sufrir por adelantado. Porque el sufrimiento imaginado casi siempre es más largo que el real.
La vida tiene su propio calendario. Y cada experiencia tiene su momento exacto. Cuando algo bueno llega, así pasa: nos sorprende, nos alegra, nos transforma. Cuando algo difícil aparece, así pasa: nos duele, nos confronta, nos madura.
Pero todo —lo luminoso y lo oscuro— tiene su instante preciso.
Tal vez por eso el humor popular se vuelve filosofía. Porque detrás de la sonrisa hay una aceptación serena del misterio del tiempo, del destino y de las oportunidades que llegan —o no— cuando deben llegar. Como diría el propio Güémez: hay cosas que pasan por algo… y otras que, por algo, no pasan.
Quizá la sabiduría consista en comprender que no todo merece nuestra ansiedad, ni toda posibilidad merece nuestra preocupación. Que hay que prepararse, sí, pero no obsesionarse. Que hay que amar, sí, pero no poseer. Que hay que confiar más en el proceso que en el pronóstico. Porque al final, la vida no ocurre en nuestras suposiciones. Ocurre en los hechos.
Por eso conviene recordar algo sencillo: la vida no se vive en los escenarios que imaginamos, sino en los momentos que realmente llegan. En la conversación que sí ocurre, en la visita que decidimos hacer hoy, en el abrazo que no dejamos para después. Porque muchas veces el instante que estamos viviendo —sin darnos cuenta— es el que mañana recordaremos como decisivo.
Y entonces, cuando finalmente sucede aquello que tanto pensamos, temimos o esperamos… entendemos la frase completa.
Así pasa, cuando sucede.
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