De mente brillante, Porfirio Muñoz Ledo (QEPD), a sus 90 años, se dio tiempo para estar “Solo con Adela”. Frente a frente. Una conversación sin tapujos.
Ahí le confesó a la reconocida periodista numerosas experiencias al lado del caudillo del sur, a quien describió de pies a cabeza.
El controvertido tribuno héroe de mil batallas se inició en el PRI, y se retiró de la política enfermo y decepcionado de López Obrador.
Con su innegable talento creó numerosas corrientes y movimientos ideológicos que en su momento movieron el “piso” al poderoso PRI.
Se desempeñó también como diplomático excepcional.
Al orador implacable y de mano firme sólo le faltó alcanzar la Presidencia de la República.
Ni duda cabe que es un referente indiscutible de la historia política de México.
En política, pocas cosas resultan tan inquietantes como la subordinación intelectual.
No se trata únicamente de obediencia partidista —algo común en cualquier sistema político— sino de una adhesión acrítica que convierte a los seguidores en repetidores automáticos del discurso del líder.
A eso, con una crudeza que incomodó a muchos, se refirió el experimentado político.
Muñoz Ledo, uno de los intelectuales más polémicos y sobresalientes de la vida pública mexicana, lanzó un juicio lapidario acerca de López Obrador:
“Le he perdido tolerancia porque miente cuando habla. Todo lo que dice lo inventa. Es un psicópata. Y México tiene grandes problemas internacionales porque es un narco estado”.
No fue un arrebato improvisado; fue la conclusión de un político que conoció el poder desde dentro durante más de medio siglo y que observó, con creciente preocupación, la evolución política del tabasqueño.
Más allá del tono incendiario de sus palabras, lo verdaderamente relevante es la categoría política que utilizó para describir a quienes orbitaban alrededor del presidente: “esclavos mentales”.
La expresión no es menor. En la teoría política contemporánea, el fenómeno del liderazgo carismático —conceptualizado por Max Weber— explica cómo ciertos líderes construyen una relación emocional con sus seguidores que trasciende la racionalidad institucional.
El líder deja de ser un servidor público para convertirse en una figura casi providencial.
En ese punto, la crítica se interpreta como traición y la discrepancia como conspiración.
Muñoz Ledo observó justamente ese fenómeno dentro del movimiento lopezobradorista.
Según él, la llamada “corcholatización” —la competencia entre aspirantes a suceder al presidente— no era una disputa auténtica por el poder, sino una coreografía política donde todos jugaban bajo la mirada y las reglas del líder.
“Todos los que juegan a la corcholatización son esclavos mentales del presidente”, afirmó.
El concepto describe algo más profundo que la disciplina partidista: implica la renuncia voluntaria al pensamiento propio.
En ese esquema, los actores políticos no compiten por proyectos de nación, sino por demostrar mayor lealtad personal al líder.
La política se transforma entonces en un sistema de obediencia vertical.
Pero la crítica de Muñoz Ledo fue todavía más lejos.
Ante la narrativa oficial que descalificaba a los opositores como “conservadores”, respondió con ironía política:
“Yo sí me pongo el saco que nos está poniendo López Obrador; soy conservador… pero de la dignidad ciudadana”.
La frase encierra un debate central de nuestro tiempo:
¿quién defiende realmente la dignidad democrática?
¿El líder que moviliza masas bajo una narrativa moral absoluta o el ciudadano que conserva su derecho a disentir?
En la visión del extraordinario tribuno, el principal defecto de López Obrador no era ideológico sino político: la polarización. Dividir al país entre “pueblo bueno” y “adversarios” puede ser eficaz para ganar elecciones, pero tiene un costo profundo para la convivencia democrática.
La polarización transforma la discusión pública en un campo de batalla moral donde el adversario deja de ser interlocutor y pasa a ser enemigo.
Muñoz Ledo lo dijo con claridad:
“Él quiere que la gente obedezca y yo que la gente piense por sí misma”.
Ese contraste resume dos concepciones opuestas de la política. Una privilegia la obediencia al líder; la otra la autonomía del ciudadano.
La historia demuestra que las democracias no mueren únicamente por golpes de Estado. A veces se erosionan lentamente cuando el pensamiento crítico se sustituye por la devoción política. Cuando la lealtad se premia más que la inteligencia. Cuando la discrepancia se convierte en delito moral.
Por eso la advertencia de Muñoz Ledo sigue resonando más allá de su propia figura. Porque el problema no es un presidente en particular, sino la tentación permanente del poder de construir seguidores que no cuestionen.
Las democracias necesitan ciudadanos libres.
Los autoritarismos, en cambio, prosperan con esclavos mentales.
Imagen de portada: Esclavitud mental o enfermedad cerebral que no se puede curar/// https://www.shutterstock.com/
Historias similares
Morena y su rival a vencer
¿Seguirá la familia Yunes Márquez protegiendo a Ana Laura del Ángel?
ASF: “paquetazo” para Aureliano III