febrero 18, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Morin y Bauman

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Aceptando la palabra del filósofo Ernst Cassirer, cuando asevera que el ser humano es un animal simbólico que interpreta la realidad a través del lenguaje y el mito, creo que debemos considerar que tal expresión se ha agigantado y complicado hoy con la tecnología. 

Marshall McLuhan fue el primero en advertir que la tecnología no es algo ajeno a nosotros, sino una extensión del hombre: la rueda es una extensión del pie; el libro, del ojo; y el circuito eléctrico de nuestro sistema nervioso central. En esta visión, el “algoritmo” de Y.N. Harari no es solo una herramienta externa, sino una expansión de nuestra propia capacidad cognitiva que, inevitablemente, modifica el mensaje mismo de nuestra existencia. “El medio es el mensaje”, decía McLuhan, sugiriendo que el formato digital en el que hoy vertimos nuestros símbolos ya está transformando nuestra esencia.

Sin embargo, esta expansión no ha generado una estructura sólida. Por el contrario, Zygmunt Bauman nos recuerda que habitamos una modernidad líquida. Los símbolos que antes daban estabilidad (la nación, la familia, el trabajo de por vida) se han derretido. En este entorno fluido, el ser humano de Harari ya no construye catedrales de sentido a largo plazo, sino que surfea sobre vínculos precarios y realidades cambiantes. La identidad ya no es un dibujo sobre piedra, sino una huella en la arena: Somos nómadas en un mundo donde nada está diseñado para durar.

Esta fluidez tiene un costo emocional que Byung-Chul Han disecciona con precisión. En su crítica a la sociedad de la información, Han advierte que hemos pasado de la biopolítica de Foucault (donde el poder nos oprimía desde fuera) a una psicopolítica donde nosotros mismos nos explotamos bajo la bandera de la libertad y el rendimiento. El exceso de información y la exigencia de transparencia han difuminado el “misterio” del símbolo de Cassirer. Para Han, ya no vivimos en una comunidad, sino en un enjambre digital de individuos aislados, agotados por la auto-explotación y la falta de “otredad”. El animal simbólico es, hoy más que nunca, un animal cansado y confuso. 

¿Cómo navegar, entonces, este laberinto de símbolos, extensiones, espejos digitales y realidades líquidas? Aquí es donde Edgar Morin y su pensamiento complejo se vuelven indispensables. Morin nos invita a abandonar las visiones reduccionistas. El ser humano no es solo datos (Harari), ni solo símbolos (Cassirer), ni solo extensiones (McLuhan); es un nudo de interdependencias biológicas, culturales, sociales e históricas. El pensamiento complejo nos enseña que el orden y el caos, lo líquido y lo sólido, el dato y el mito, no son opuestos, sino partes de una misma trama que debemos aprender a leer sin simplificar. 

La metamorfosis del ser humano actual es un proceso donde el símbolo se vuelve extensión (McLuhan), el sentido se vuelve líquido (Bauman), la libertad se vuelve cansancio (Han) y la realidad se revela como una complejidad inabarcable (Morin). No estamos simplemente cambiando de herramientas; estamos habitando una nueva dimensión de lo humano. La tarea pendiente no es solo entender el algoritmo que nos gobierna, sino recuperar la capacidad de entrelazar, en medio de la fluidez y el ruido digital, un sentido que nos permita seguir siendo, ante todo, sujetos de nuestra propia historia (Harari). 

De esta manera, da la impresión de que todos aportan algo para que lo incomprensible se vuela comprensible (Cassirer); el entramado del lenguaje y el mito, tome una estructura física (McLuhan); aporte la consistencia que le rodea (Bauman); el estado anímico de agotamiento e infocracia (Han); y por último se aporta el método para entenderlo todo sin que nos perturben las dudas (Morin). 

gnietoa@hotmail.com

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