En política, el olor del pasado no se disipa con sermones nuevos. Se queda impregnado en los pasillos, en los acuerdos, en los silencios incómodos.
Y en el México de hoy, ese aroma rancio tiene nombre propio: herencias malditas del obradorismo que sobreviven en la era Sheinbaum.
Ahí están, visibles, arrogantes, intocables: Adán Augusto López, Alejandro Gertz, Ricardo Monreal, Rubén Rocha, Alfredo Ramírez, Marina del Pilar, Américo Villarreal, Layda Sansores, Mario Delgado y Francisco Garduño, por citar algunos.
Son los “apestados” de Morena. Son los incrustados en la estructura del poder que ya no representan futuro, sino lastre.
Figuras que no responden a un proyecto renovado, sino a una obediencia heredada, a una fidelidad que no mira hacia Palacio Nacional, sino hacia Palenque.
No son un simple grupo de funcionarios. Son un símbolo.
Representan la incapacidad del nuevo gobierno para romper, de fondo, con el viejo régimen que prometió combatir.
Son la prueba viva de que la llamada transformación nunca fue tan profunda como se vendió.
Que el cambio, en muchos casos, fue solo de maquillaje, no de fondo.
La presidenta Sheinbaum carga con ellos como quien arrastra cadenas pesadas e invisibles.
No los eligió plenamente, pero los heredó. No los controla del todo, pero debe tolerarlos. No los defiende abiertamente, pero tampoco se atreve a removerlos, salvo el cese, sin advertencia, de Marx Arriaga como director de Materiales de Texto de la SEP.
Los libros de texto gratuitos están plagados de errores y los convirtió en manuales de adoctrinamiento político.
¿Por qué?
Porque estos “apestados” no le deben lealtad institucional al Estado, ni compromiso al proyecto presidencial. Su fidelidad es personal, casi religiosa. Su brújula política apunta a un solo lugar: el rancho del caudillo, no la sede del poder republicano.
Y ahí radica el problema.
Mientras un gobierno necesita cohesión, disciplina y autoridad, Sheinbaum enfrenta un aparato fragmentado, lleno de operadores con doble agenda. Funcionarios que obedecen órdenes no escritas. Gobernadores que miden cada paso según el humor del pasado. Secretarios que administran más lealtades que resultados.
No sorprende, entonces, que muchos estén bajo sospecha, bajo presión mediática, bajo investigaciones, bajo el escrutinio público. No es casualidad. Es consecuencia.
Son figuras marcadas por omisiones, escándalos, complicidades o fracasos. Pero sobreviven porque forman parte del pacto original: el de la continuidad disfrazada de cambio.
Morena prometió limpiar la vida pública. Hoy convive con sus propios residuos.
Los “apestados” son eso: desechos del poder. Restos de un modelo personalista que se niega a desaparecer. Vestigios de un liderazgo que sigue influyendo sin asumir responsabilidades. Fantasmas políticos que condicionan cada decisión relevante.
Mientras sigan ahí, la narrativa del nuevo comienzo será frágil.
Mientras sigan operando, la presidenta gobernará con límites.
Mientras sigan obedeciendo al dueño de esa finca con nombre soez, Palacio Nacional no será plenamente suyo.
La pregunta no es si Sheinbaum quiere deshacerse de ellos.
La verdadera pregunta es cómo hacerlo.
Porque en política, lo más difícil no es llegar al poder.
Es librarse de quien te lo prestó por solo un sexenio, sin hacer “caras y gestos” perceptibles.
Historias similares
Sarampión: cuando la negligencia también mata
Modelismo para principiantes
A mi me puso don Porfirio