“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen”, frase inmortal de Francisco de Quevedo, uno de los autores más destacados de la historia de la literatura española.
Quevedo, destaca también, por aventurarse a decirle a la reina Isabel de Borbón que era “coja” sin que se ofendiera. Para lograrlo, se presentó ante ella con un clavel blanco en una mano y una rosa roja en la otra, y le expresó: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”.
Para otros intelectuales la estupidez no es simplemente la ausencia de conocimiento –eso se llama ignorancia, y ésta tiene remedio: se cura leyendo, escuchando, observando–.
La estupidez, en cambio, es otra cosa: es la ignorancia con soberbia, la que presume no saber y, peor aún, la que se siente orgullosa de su ceguera. Es la ignorancia con fuero.
La estupidez, como la humedad, se filtra por las rendijas del pensamiento, se adhiere a las conversaciones cotidianas, inunda las redes sociales y termina, inevitablemente, sentada en el gobierno.
No discrimina razas, clases ni ideologías. Es transversal, democrática, contagiosa.
Puede habitar en un palacio, en un despacho de gobierno o en una asamblea vecinal.
Y a diferencia de la inteligencia –que tiene límites, mesura, sentido del ridículo–, la estupidez no los conoce.
Se multiplica en los discursos vacíos, en las frases hechas, en las promesas que se saben imposibles, en los gestos de autosuficiencia de quienes confunden el poder con el talento.
Vivimos tiempos en los que esta enfermedad crónica dejó de ser anécdota y se institucionalizó. Se volvió política pública, espectáculo, modelo económico.
Cuando los tontos se organizan, los sabios callan.
Hoy, una mentira bien contada vale más que mil verdades aburridas; los idiotas ganan elecciones, los charlatanes venden remedios mágicos y los sensatos –hastiados—se exilian en el silencio.
El problema no es que haya tontos, sino que los inteligentes decidieron no meterse en líos. Y así nos va: la estupidez manda, legisla y cobra impuestos.
La política mexicana no escapa a este flagelo. En cada oficina pública, en cada discurso hueco, se percibe el eco de esa arrogancia ignorante que confunde la improvisación con la audacia.
Veracruz, lamentablemente, no es la excepción.
La gobernadora Rocío Nahle sostiene que “Veracruz está de pie y vamos a salir adelante”, mientras las localidades devastadas por las inundaciones enfrentan riesgos sanitarios y la población se aferra a la esperanza de que al menos alguien sepa lo que se hace.
La señora Nahle, con sus modos de hacendada nueva, declara con autosuficiencia grotesca que “no es cuestión de dinero”.
Y tal vez tenga razón: el dinero no resuelve la estupidez…sobre todo cuando el poco que había se lo “embolsó” el corrupto de su antecesor, disfrazado de “intelectual”.
Veracruz y Puebla, sufren las secuelas de las inundaciones a consecuencia de la arrogancia política e improvisación administrativa.
No se trata sólo de errores, es la institucionalización de la estupidez como forma de gobierno, donde la ineptitud se disfraza de eficiencia y el cinismo de liderazgo.
¿Quién le pone freno a un engreído con poder?
Esa es la pregunta que nos persigue. Y mientras nadie se atreve a responderla, la estupidez seguirá haciendo campaña, inaugurando obras inconclusas y posando para la foto.
Porque en este país –por desgracia—la cojudez no solo gobierna: cobra salario y da conferencias de prensa.
Y, para salir del paso de sus fallas, responsabilizan a quienes consideran sus adversarios de una tragedia que manchará por siempre sus ya de por sí manos sucias.
Imagen de portada: Sobre la estupidez y los estúpidos/// Nueva Revista
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