enero 14, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

¿Y la ley?

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El presidente más poderoso del mundo, Donald Trump, gobierna con una lógica simple y riesgosa, donde el fin justifica los medios.

Y sin inmutarse hace de las leyes nacionales e internacionales lo que le viene en gana, como si fueran un estorbo y no el cimiento del orden democrático.

No les guarda respeto; las dobla, las ignora o las pisotea cuando no encajan con su narrativa de fuerza y control.

Su meta es clara y, para muchos de sus seguidores, hasta loable: pasar a la historia como el mandatario que más protegió a los ciudadanos estadounidenses de las drogas que llegan desde las fronteras y de países como Venezuela, Colombia y México.

El problema no es el objetivo —combatir el narcotráfico es una causa legítima— sino el método.

Porque cuando el poder se ejerce sin contrapesos, la legalidad se vuelve opcional y la justicia se transforma en imposición.

Trump, en ese sentido, coincide más de lo que parece con el caudillo del sur López Obrador. Ambos comulgan, explícita o implícitamente, con aquella frase que pasará a la historia por su crudeza: “Que no me vengan a mí con el cuento de que la ley es la ley”.

Esa sentencia, pronunciada desde el poder, no es una anécdota: es una confesión.

Revela una visión donde la voluntad personal está por encima de las normas y donde la ley deja de ser límite para convertirse en accesorio.

Con su inmenso poder político y militar, Trump advierte a otros países que, si no pueden erradicar a los narcotraficantes que envían droga a Estados Unidos, él se encargará de eliminarlos.

Así, sin matices, sin procesos, sin tribunales. La amenaza no distingue entre soberanía, derechos humanos o legalidad internacional.

Es la ley del más fuerte, disfrazada de cruzada moral.

La pregunta es inevitable: ¿qué queda de la ley cuando los líderes que juraron respetarla la desprecian abiertamente? Cuando el combate al crimen se plantea como una licencia para violar reglas, el resultado no es justicia, es arbitrariedad. Y la arbitrariedad, tarde o temprano, siempre cobra factura.

Porque hoy puede justificarse en nombre de la seguridad, pero mañana cualquier exceso encontrará la misma coartada.

Hay que precisar que sin ley, no hay Estado de derecho. Y sin Estado de derecho, lo que queda no es orden, es poder desnudo.

Así de simple. Así de sencillo.

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