enero 14, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

TIEMPOS AQUELLOS

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Por estas fechas decembrinas, cuando el calendario nos recuerda que el año agoniza y la nostalgia toma asiento sin pedir permiso, vuelvo a aquellos días en que la camaradería tenía rostro, voz y un vaso levantado en algún rincón de la Zona Rosa. Éramos jóvenes, inquietos, con el ímpetu de contar historias y la urgencia de que el mundo nos escuchara. Televisa, S.A., no era solo una empresa de comunicación; era una escuela de carácter, una fábrica de sueños y, en ocasiones, el escenario donde se moldeaban amistades que el tiempo quiso convertir en leyenda.
La calle Génova, Londres o Hamburgo se transformaban en salones de tertulia improvisados donde reporteros, productores, camarógrafos y conductores intercambiábamos anécdotas con la misma pasión con la que, horas antes, perseguíamos la noticia. En esas veladas cabía de todo: la sobremesa política, el bembateo editorial, la risa espontánea y, sobre todo, el respeto por quienes nos enseñaban el oficio.
Entre ellos sobresalía Abraham Zabludovsky, con su voz inconfundible y su mirada aguda, capaz de convertir una simple conversación en una polémica prolongada. No hablaba mucho, pero cada frase era atractiva. Un comunicador con temple de acero, orgulloso de su profesión y celoso de la precisión informativa. Cuando aparecía en la mesa, un silencio breve lo recibía, solo para dar paso a un diálogo donde las palabras importaban tanto como el momento de pronunciarlas.
No existían filtros, algoritmos, tendencias digitales ni métricas de alcance. La noticia se defendía sola, con trabajo, rigor y ética. Los errores no se borraban con un clic; quedaban grabados en la pantalla de millones. Tal vez por eso el oficio imponía respeto. Quizá por ello también los vínculos eran más sólidos: uno no solo aprendía a reportear, sino a ser responsable de lo que decía y del eco que esas palabras podían tener.
Hoy, cuando la comunicación se desvanece en segundos, reemplazada por la prisa y la ansiedad de volverse viral, recuerdo con cariño aquellos encuentros decembrinos donde el periodismo se ejercía con el corazón y la convicción de que informar era un servicio público, no un espectáculo instantáneo.
Tiempos aquellos, sí. No porque la tecnología no existiera, sino porque la verdad aún pesaba más que la velocidad. Porque el oficio era una vocación, no una competición de seguidores. Y porque en ese pequeño rincón de la Zona Rosa entendimos que el periodismo no solo se escribe: se vive, se conversa, se defiende y se honra, como lo hacía el jefe y maestro Jacobo Zabludovsky (padre de Abraham), micrófono firme y mirada crítica, hasta el último día.
Don Julio Scherer decía que “seguidores entusiastas en todo el país hablaban de él, de la penetración privilegiada, de su porte, de su elegancia, de su corbata negra, de su fina ironía, de su lenguaje impecable, de su dicción sin error”.
Quizá, en el fondo, seguimos ahí: buscando una buena historia que valga la pena contar.

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