• Urge ayudar con acciones concretas y no con discursos vacíos; hay mexicanos desválidos, marginados, desaparecidos, migrantes, insignificantes y enfermos, Arquidiócesis de Xalapa.
Irineo Pérez Melo.- Los mexicanos y veracruzanos vivirán en la paz y en la justicia solo y únicamente si trabajan juntos por las promoción de la dignidad de cada ciudadano del territorio nacional, planteó la Arquidiócesis de Xalapa.
En el comunicado dominical emitido por la Oficina de Comunicación Social de esta asociación religiosa, se aborda el pasaje bíblico relacionada con la Palabra de Dios, refiriendo la vitalidad divida, pero cuenta con un luminoso rostro humilde de condición humana (Jn 1,14) para tener destinatarios visibles a quien ayudar con acciones concretas y no con menos discursos vacíos.
En ese contexto, se indica que la Palabra Viva y eterna ha entrado en nuestra historia, de ahí que se haya hecho visible, sobre todo, en el rostro de los mexicanos desvalidos, marginados, desparecidos, migrantes, insignificantes y enfermos.
En toda relación personal con los demás, las palabras sin un rostro son imperfectas, porque no cumplen plenamente con las condiciones de un verdadero encuentro personal, se añade en el documento signado por presbítero Juan Beristaín de los Santos.
Así lo recordaba el justo Job, cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: “Solo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (42,5). Para todo creyente, Cristo es “imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col 1,15).
Pero, sobre todo Cristo es Jesús de Nazaret, que camina y caminó por las calles de nuestras ciudades mexicanas y veracruzanas para ofrecer la salvación y darle rostro a las personas desfiguradas por la pobreza y la violencia que hoy azotan ferozmente a muchos ciudadanos de nuestra patria. Cristo se ha querido identificar, sobre todo, aunque no exclusivamente, con el rostro de los que más sufren”.
Hoy la verdadera identificación de fe con Cristo no se mide únicamente, como anunciaban los profetas bíblicos, por la adhesión exterior, por los actos de culto, por la ostentación, sino por la íntima fidelidad a Cristo, por la pureza del alma, por el amor efectivo al más necesitado.
La elección de fe en el amor verdadero a Cristo y a los más desfigurados por el dolor y la pobreza es la que abre de par en par las puertas del reino de los cielos. Ya San Pablo veía esta exigencia al decir, en su carta a los Romano, que: “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el de esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres” (Rom 14,17-18).
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