En los últimos días he escuchado algo que me inquieta y me obliga a reflexionar con serenidad: personas que dicen sentirse animales, que incluso se asumen como tales en su manera de expresarse y comportarse. Y, por otro lado, otras que llaman “hijos” o “nietos” a sus mascotas. Al mismo tiempo, he presenciado escenas que duelen: el perro sale tres veces al día a caminar, mientras el padre o el abuelo permanecen solos, encerrados en la misma casa, esperando una conversación que no llega.
Entonces la pregunta surge inevitable: ¿qué nos pasa?
No se trata de burlarnos ni de condenar. Se trata de comprender. Vivimos una época en la que la identidad se ha vuelto frágil. Durante generaciones, el ser humano encontraba su lugar en la familia, en la comunidad, en la tradición, en la fe, en la pertenencia cultural. Hoy muchos de esos referentes se han debilitado. Y cuando la identidad se vuelve incierta, se buscan sustitutos; se experimenta con nuevas formas de pertenencia, incluso con formas que diluyen la propia condición humana.
En este contexto ha surgido incluso un término específico: therian. Así se autodenominan algunas personas que afirman identificarse interiormente como animales no humanos, no solo de manera simbólica, sino como vivencia de identidad. Más allá de la anécdota cultural o de las expresiones externas —en la forma de vestir o comportarse—, el fenómeno revela algo más profundo: una crisis en la comprensión de lo que significa ser persona. Cuando la identidad humana se percibe como una carga o como algo maleable hasta el extremo, se corre el riesgo de diluir aquello que nos constituye y nos dignifica.
Decir “me siento animal” —y actuar como tal en actitudes, lenguaje o estilo de vida— puede parecer una provocación cultural, pero en el fondo revela algo más hondo: el cansancio de cargar con la responsabilidad de ser persona. Ser humano implica conciencia, libertad, deber moral, capacidad de elegir y responder por los propios actos. Y la libertad, cuando no está bien comprendida, pesa. El animal vive por instinto; el hombre, en cambio, está llamado a decidir con inteligencia y voluntad. En un mundo que exalta lo inmediato y lo cómodo, la exigencia de la humanidad puede resultar incómoda.
Por otro lado, el fenómeno de considerar a las mascotas como hijos también tiene una raíz afectiva que no podemos ignorar. Hay soledad. Hay rupturas familiares. Hay ritmos laborales que fragmentan la convivencia. El animal ofrece cariño sin conflicto, compañía sin discusión, afecto sin historia. Es un vínculo sencillo. Y lo sencillo, en tiempos de complejidad emocional, seduce.
El problema no está en querer a una mascota. Amar y cuidar la vida siempre será un gesto noble. El desorden comienza cuando se invierte la jerarquía del afecto. Cuando el paseo del perro es prioridad, pero el hijo, el esposo o el abuelo no reciben tiempo; cuando se habla con ternura al animal, pero se responde con gritos e impaciencia al espos@; cuando se humaniza a la mascota y se ignora al anciano, algo se ha desplazado en nuestra escala de valores.
Ahí sí podemos hablar de deshumanización. La dignidad humana no es intercambiable. El abuelo no compite con el perro. El padre no es opcional. La fragilidad humana —con sus silencios, sus achaques, su carácter moldeado por los años— exige paciencia y presencia. Y eso cuesta. Amar verdaderamente a una persona implica historia, heridas, memoria, responsabilidad. Amar a un animal es más sencillo: no confronta, no cuestiona, no interpela.
Es una realidad ontológica que conlleva dignidad, derechos y deberes. No nos empobrece reconocerlo; nos eleva. Reducirnos al instinto no nos libera: nos limita.
Por eso, estimados lectores, los invito a estar atentos y vigilantes: que no permitamos que se diluya la dignidad de la persona humana en medio de confusiones culturales o sustituciones afectivas. Las mascotas pueden y deben ser cuidadas, pero no olvidemos que las casas están hechas para albergar personas, no para reemplazarlas. El afecto más urgente siempre será el que necesita un rostro humano.
Y a propósito de mascotas: si el perro es nuestro, también lo son sus heces y su orina en la vía pública. Sacarlo a pasear y no recoger lo que deja es una irresponsabilidad ética y social. El afecto verdadero implica hacerse cargo. La convivencia y el respeto comienzan en los gestos más simples. Sobre esta cultura de la responsabilidad cotidiana volveré en otra columna, porque también ahí se mide el bien común.
¿Qué nos pasa? La dignidad no es intercambiable y el afecto está perdiendo jerarquía.
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