abril 13, 2026

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Puente Nichupté… AFIANZA A MARA LEZAMA

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En la narrativa de la infraestructura pública reciente, México arrastra el peso de tres proyectos emblemáticos: el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Obras concebidas como motores de desarrollo, pero que —entre sobrecostos, cuestionamientos técnicos y resultados aún inciertos— se han convertido en un desafío político constante para la presidenta Claudia Sheinbaum.

El tren no alcanza su velocidad prometida.

Dos Bocas enfrenta dudas operativas.

El AIFA no logra consolidar su demanda.

El costo conjunto de estos proyectos —superior a 1.1 billones de pesos— no solo representa una carga financiera, sino un desgaste en términos de credibilidad institucional.

En contraste, desde el Caribe mexicano emerge una obra que, sin el estruendo mediático de las anteriores, comienza a perfilarse como un activo político de alto valor estratégico: el Puente Nichupté.

Con un avance reportado del 94.2%, esta infraestructura de 11.2 kilómetros no es únicamente un proyecto vial; es una intervención urbana de gran escala que redefine la conectividad de Cancún.

Su impacto es inmediato y medible: la reducción de hasta 45 minutos en los traslados entre la ciudad y la zona hotelera implica no solo eficiencia logística, sino una mejora sustantiva en la calidad de vida y en la competitividad turística.

Desde el punto de vista técnico, el puente responde a una necesidad estructural largamente postergada: diversificar los accesos a la zona hotelera, hoy altamente dependiente del bulevar Kukulcán.

En términos de resiliencia urbana, esta obra reduce riesgos ante contingencias naturales y fortalece la capacidad de respuesta en escenarios críticos.

No obstante, el proyecto no está exento de controversia. El incremento presupuestal —de 5,570 millones a más de 12,627 millones de pesos— representa un sobrecosto superior al 115%, según datos de Transparencia Presupuestal.

Una cifra que obliga a una evaluación rigurosa sobre la planeación inicial y los mecanismos de control del gasto público.

Pero en política, los resultados tangibles suelen pesar más que las cifras técnicas.

El Puente Nichupté beneficiará directamente a 1.3 millones de habitantes y potenciará la experiencia de más de 20 millones de turistas anuales.

En un estado donde el turismo es la columna vertebral de la economía, esta obra se traduce en crecimiento, eficiencia y, sobre todo, percepción positiva.

Ahí radica su verdadero valor.

Para Mara Lezama, primera mujer en gobernar Quintana Roo, el puente representa mucho más que concreto y acero: es una plataforma de consolidación política.

Su perfil —forjado en el periodismo y la comunicación— encuentra en esta obra un símbolo de gestión efectiva, capaz de conectar discurso con resultados.

En clave de prospectiva, el impacto del Nichupté podría trascender lo local. En un escenario nacional donde las grandes obras federales enfrentan cuestionamientos, una infraestructura funcional, visible y de beneficio inmediato puede posicionarse como referencia de gobernanza territorial eficiente.

La ecuación es simple:

obra terminada + beneficio directo + narrativa clara = capital político.

Y en esa ecuación, Mara Lezama parece llevar ventaja.

Porque al final, en la política mexicana —como en la vida— aplica con precisión ese viejo dicho:

“nadie sabe para quién trabaja”.

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