¿Por qué los viernes parecen más ligeros, más amables, más vivos… y los domingos, en cambio, a veces se sienten pesados, melancólicos o silenciosos?
La respuesta no está en el calendario, sino en la mente. La mente humana vive anticipando. No habita del todo en el presente: se adelanta, se proyecta, se imagina. Y esa anticipación tiene un poder enorme sobre nuestras emociones.
El viernes es promesa. Es expectativa. Es la sensación de que algo bueno está por venir: descanso, encuentro, sobremesa, viaje, silencio, abrazo, tiempo propio. Aunque no sepamos exactamente qué haremos, el simple hecho de tener algo delante modifica nuestra energía. El cuerpo lo sabe. El ánimo se afloja. La respiración cambia.
El domingo, en cambio, suele mirar hacia atrás… o hacia una obligación que se aproxima. Es cierre. Es balance. Es antesala del lunes. Y entonces la mente deja de ilusionarse y empieza a calcular: pendientes, rutinas, responsabilidades, agendas. No es el domingo el que pesa; es la manera en que lo llenamos de futuro no deseado.
Por eso no es el día lo que nos hace felices o tristes, sino la dirección de nuestro deseo. Cuando tienes algo que te ilusiona por delante, la vida se expande. Cuando solo anticipas deber, cansancio o repetición, la vida se encoge.
Aquí hay una enseñanza profunda: no podemos vivir siempre del viernes ni huir eternamente del domingo. Pero sí podemos aprender a reeducar la anticipación.
La madurez no consiste en eliminar la rutina, sino en sembrar sentido dentro de ella. En aprender a colocar pequeñas esperanzas en medio de los días ordinarios. En descubrir que también un lunes puede contener algo que valga la pena esperar.
Quizá la pregunta no sea por qué el viernes nos hace más felices que el domingo, sino qué estamos esperando de la vida y si todavía somos capaces de ilusionarnos con lo que viene, aunque no sea descanso, sino crecimiento.
Porque cuando hay ilusión, aunque sea discreta, la energía cambia. Y cuando no la hay, ningún día alcanza.
Al final, no es viernes contra domingo. Es expectativa contra resignación. Es sentido contra inercia. Y eso… se decide por dentro.
Y quizá hoy valga la pena preguntarnos, con honestidad: ¿qué ilusión estoy cultivando? ¿Qué proyecto, qué aprendizaje, qué encuentro, qué reconciliación estoy poniendo delante de mí para que mi semana tenga pulso?
No se trata de grandes hazañas, sino de pequeñas siembras conscientes: una llamada pendiente, un libro que espera abrirse, una amistad que merece renovarse, una meta personal que reclama disciplina y entusiasmo. Las ilusiones no siempre llegan envueltas en fiesta; muchas veces se construyen en silencio, con decisión interior. Pero cuando existen, ordenan el ánimo y ensanchan el horizonte.
Tal vez por eso la clave no esté en esperar que los días nos regalen motivos para sonreír, sino en aprender a sembrarlos nosotros. La vida no siempre ofrece anticipaciones amables; muchas veces exige que seamos nosotros quienes las construyamos. No se trata de negar la realidad ni de vivir en una fantasía permanente, sino de elegir una actitud interior que mantenga viva la esperanza, incluso en medio de la rutina.
Al final, la ilusión no es un premio que llega solo; es una decisión cotidiana. Quizá ahí esté la enseñanza final: no vivir esperando que llegue el viernes para sentirnos vivos, sino aprender a vivir con sentido todos los días. No delegar la ilusión al calendario ni la alegría a las circunstancias.
Haz que todos los días sean siempre viernes; ponte ilusiones, no las esperes.
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