marzo 31, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Por eso estamos como estamos

Compartir:

Medellín, Colombia. México sonríe… pero no tanto. Simula ser feliz.

El país ocupa el lugar 12 en el ranking mundial de felicidad.

A simple vista, parecería una buena noticia. Estar en el “top” global no es poca cosa.

Sin embargo, cuando se escarba en los datos, la narrativa cambia. Y mucho.

El informe World Happiness Report —elaborado con base en datos de organismos como la ONU y el Gallup— mide algo más que sonrisas.

Evalúa variables duras: ingreso per cápita, esperanza de vida, apoyo social, libertad para tomar decisiones, generosidad y percepción de corrupción.

Ahí es donde empieza la contradicción mexicana.

Porque mientras Finlandia lidera el ranking por séptimo año consecutivo —seguido de Islandia y Dinamarca— gracias a instituciones sólidas, baja corrupción y altos niveles de confianza social, México se sostiene en el listado más por factores culturales que estructurales.

Sí: el mexicano ríe, convive, celebra… incluso en la adversidad.

Pero no necesariamente vive mejor.

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, más del 60% de la población percibe inseguridad en su ciudad.

El miedo se volvió rutina.

A esto se suma que, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, alrededor del 36% de los mexicanos vive en condiciones de pobreza.

Y como si fuera poco, México figura entre los países con mayores niveles de violencia en América Latina, de acuerdo con reportes del Banco Mundial.

Entonces, la pregunta es inevitable:

¿Somos felices… o aprendimos a sobrevivir con dignidad?

El caso mexicano es un fenómeno peculiar en los estudios de bienestar. A diferencia de los países nórdicos —donde la felicidad está asociada a la estabilidad institucional— en México el bienestar subjetivo muchas veces se explica por la resiliencia social, la familia y la capacidad de adaptación.

Pero esa “felicidad” también puede ser engañosa.

Porque no se construye desde el Estado, sino a pesar de él.

¿Será la inseguridad?

¿Será la presencia del crimen organizado?

¿Será la polarización política?

¿O será la eterna promesa de un bienestar que no termina de llegar?

La realidad es que ningún país puede sostener su felicidad sobre la precariedad. La risa no puede ser política pública. Ni el optimismo sustituye a la justicia.

Mientras Finlandia garantiza bienestar desde sus instituciones, México lo improvisa desde su gente.

Y ahí está el problema.

Porque cuando la felicidad depende únicamente del carácter de un pueblo —y no de las condiciones que lo rodean— deja de ser un logro colectivo y se convierte en un acto de resistencia.

Los veracruzanos –tan alegres y parlanchinespor naturaleza—no son tan felices (me incluyo) como quisieran por los tropiezos políticos de la autoridad cuatrotera que día con día supura arrogancia y menosprecio en su conducta.

Con un poco de humildad, ganaría adeptos.

Los veracruzanos no estamos acostumbrados a ese trato.

Les guste o no les guste.

Por eso “estamos como estamos…porque somos como somos”, diría el inolvidable amigo-hermano, Ramón Durón, el “Filósofo de Güemez.”

Compartir: