marzo 12, 2026

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Naveda traiciona a la 4T y se quiere apoderar del PT Veracruz ¿incongruencia?

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En política, la congruencia suele ser la primera víctima de la ambición. Es el caso del diputado federal por Coatepec, Adrián González Naveda, parece confirmar esa vieja máxima. Quien llegó al Cámara de Diputados impulsado por la ola de votos que respaldó al movimiento de la llamada cuarta transformación, hoy se coloca en una posición que muchos de sus propios simpatizantes consideran difícil de explicar.

La reciente decisión de votar en contra de la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum sorprendió y puso al rojo vivo sobre la coherencia política del legislador veracruzano. Y es que resulta curioso para un personaje que obtuvo su capital político gracias al respaldo de una base electoral identificada con ese proyecto, la decisión se percibe, para muchos, como una ruptura con el mandato de quienes lo llevaron al cargo.

El movimiento que inició AMLO se construyó, al menos en el discurso, sobre la idea de la “lealtad al pueblo por encima de intereses personales o de grupo”. Sin embargo, las acciones de algunos de sus cuadros parecen caminar en dirección contraria. El caso de González Naveda ha sido señalado como un ejemplo de esa contradicción: un legislador que, una vez encumbrado políticamente, parece dispuesto a cambiar de ruta incluso si eso implica ir en sentido contrario a la agenda original del movimiento que lo impulsó.

Eso sí; no es la primera vez que su figura genera polémica. En Veracruz, su intento por asumir el liderazgo del Partido del Trabajo provocó un fuerte rechazo entre militantes y simpatizantes. Nadie olvida aquella escena, marcada por abucheos y un congreso partidista que terminó fracturado, dejó claro que su nombre dista de generar consensos dentro de las bases. Sobre todo, si se tiene en cuenta su cercanía y padrinazgo con el senador y exdelegado de los programas del Bienestar en la entidad, Manuel Huerta Ladrón de Guevara.

La política veracruzana no es ajena a las maniobras de cúpula ni a los equilibrios de poder entre corrientes. Pero cuando esas decisiones parecen pasar por encima de la voluntad de las bases, el costo suele pagarse en credibilidad. La percepción de que algunos liderazgos prefieren negociar posiciones antes que responder al sentir de la militancia alimenta el desencanto que muchos ciudadanos ya sienten hacia la clase política.

En ese contexto, la actuación de González Naveda abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿a quién representa realmente un legislador cuando toma decisiones que contradicen las expectativas de quienes lo llevaron al cargo?

Porque, más allá de los cálculos partidistas, en la política democrática debería existir un principio elemental: el poder se obtiene gracias al respaldo de la gente. Y cuando ese vínculo se rompe, lo que queda no es estrategia política, sino la sensación de que el mandato popular quedó relegado frente a intereses personales.

Y entonces surge la pregunta inevitable: si el pueblo fue quien dio los votos, ¿por qué parece ser el último en ser tomado en cuenta?

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