Nadie le quita la intención a los chogosteros… pero la tierra llama. Y cuando la tierra llama, yo volteo a ver a Orizaba.
Porque en Jáltipan, tierra de chogosta, ya decidieron meterle tijera al Cabildo: de ocho regidores quieren quedarse con tres. Sí, tres. Ni uno más. Casi casi los mismos que caben en una mesa de fonda sin tener que pedir otra silla.
Y lo curioso no es sólo la propuesta. Lo curioso es quién la impulsa.
Allá gobierna Movimiento Ciudadano, y cualquiera pensaría que el naranja está haciendo tarea morenista. Que si la austeridad republicana, que si la reducción de aparatos burocráticos, que si el espíritu de la Precisa y Maciza Claudia Sheinbaum flotando sobre el Cabildo como paloma presupuestal.
Pero no.
El alcalde Gildardo Maldonado Guzmán trae una razón más terrenal y menos ideológica: no hay dinero. El Ayuntamiento está ahogado entre laudos, demandas laborales y compromisos heredados. Vamos, que en muchos municipios de Veracruz el presupuesto alcanza para tres cosas: pagar nómina, pagar abogados… y rezar.
Así que Gildardo vio ocho regidores y seguramente pensó lo mismo que piensa cualquier padre de familia cuando ve la cuenta del súper: “hay que recortar algo”.
Y ahí fue cuando la tierra llamó.
Porque antes de que Morena descubriera la austeridad, antes de que la palabra “fifí” fuera insulto nacional y antes de que medio país quisiera gobernar con menos, en Orizaba ya había un hombre haciendo cuentas con lápiz, regla y mala leche: Juan Manuel Diez Francos.
Corría el año 2009. Juan Manuel apenas estrenaba la silla presidencial y volteó a ver a sus 12 regidores. Doce. Una docena. Casi un equipo de futbol con suplente y aguador.
Y dijo: “¿para qué quiero tantos?”
Así, sin anestesia.
Propuso bajarlos a cinco. Y no porque estuviera peleado con la democracia, sino porque estaba peleado con el desperdicio. Su argumento era simple: Orizaba no necesitaba 12 regidores para funcionar. Con cinco bastaba y sobraba.
Y remató con esa elegancia brutal que lo caracteriza: muchas regidurías sólo servían para extorsionar y hacer favores.
Traducido al castellano municipal: había más “rugidores” que regidores.
Porque en Veracruz, hay regidores que creen que la función pública consiste en tener oficina, secretaria, café gratis, camioneta, compadre en Obras Públicas y una colección de “móchate” digna de álbum Panini.
Por eso Orizaba bajó de 12 a 5. Y lo más grave para los defensores del presupuesto ajeno es que funcionó. La ciudad no colapsó. No se acabó la democracia. No dejaron de salir los camiones de basura ni se suspendió el Grito. Al contrario: hubo dinero para patrullas, obra pública y servicios.
Y ahora Jáltipan quiere hacer lo mismo. Pasar de ocho a tres.
Claro, todavía falta que el Congreso lo apruebe y que aplique hasta 2030. O sea: falta mucho. En Veracruz, de aquí a 2030 puede pasar de todo. Hasta que un regidor descubra para qué sirve realmente una regiduría.
Mientras tanto, Jáltipan pone el ejemplo y deja la vara alta para los morenos. Y obliga a voltear a ver a municipios como Xalapa y Veracruz, que tienen 13 regidores cada uno.
Trece.
Más que los discípulos. Más que una tanda. Más que los necesarios para organizar una carnita asada… aunque, viendo algunos Cabildos, a veces parece que para eso están.
Porque una cosa es tener representación… y otra muy distinta un zoológico.
Imagen de portada: Debate.com.mx/Sinaloa
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