febrero 6, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Limpiabotas de la Corte

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Por Cecilio García Cruz

El periodista Joaquín López-Dóriga volvió a cumplir con una de las tareas más incómodas —pero más necesarias— del periodismo: exhibir lo que el poder preferiría ocultar. En su noticiario difundió una imagen que no solo indigna, sino que degrgrada al ser humano y retrata, sin filtros, el estado moral de ciertas élites.

La escena ocurrió en plena calle de Querétaro. El protagonista: Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Dos de sus colaboradores, arrodillados, le limpian los zapatos como si se tratara de un virrey colonial o de un cacique intocable. Él, inmóvil. Cómodo. Dejándose querer.

No es una metáfora. No es una exageración. Es una imagen real, captada minutos antes del aniversario de la Constitución, esa misma que consagra la igualdad, la dignidad y el respeto entre ciudadanos. Qué ironía: mientras se celebra la ley suprema, se pisotean sus principios.

Una de las personas que protagoniza este acto es Amanda Pérez Bolaños, directora de Comunicación Social de la Corte, encargada —se supone— de cuidar la imagen institucional. Y vaya que lo hizo… pero al revés. Con un trapo en la mano y la dignidad en el suelo.

El otro asistente, sin nombre público, cumple su papel en esta triste coreografía: limpiar, agachar la cabeza, rendir pleitesía. Una postal del México que creíamos superado.

Lo más grave no es solo el acto. Es lo que simboliza.

Estamos hablando del máximo representante del Poder Judicial, del árbitro constitucional, del guardián último de la legalidad. No de un monarca. No de un patrón de hacienda. No de un caudillo.

Y, sin embargo, se comporta como tal.

Resulta aún más ofensivo cuando se recuerda que Aguilar Ortiz presume su origen en los pueblos indígenas, su identidad humilde, su cercanía con el pueblo. ¿Dónde quedó esa humildad cuando permitió —o toleró— que dos personas se arrodillaran ante él en plena vía pública?

La humildad no se proclama. Se ejerce.

Este episodio revela una mentalidad: la del funcionario que se siente superior, intocable, merecedor de privilegios. La del burócrata que confunde el cargo con la corona. La del servidor público que deja de servir.

No es casualidad que provenga de las filas de Morena, un movimiento que prometió erradicar los vicios del pasado, pero que ha terminado reproduciendo —y perfeccionando— las mismas prácticas de soberbia, culto al poder y desprecio por la ciudadanía.

Antes eran los besamanos. Hoy son los limpiabotas.

Antes eran los salones dorados. Hoy son las banquetas.

Pero el fondo es el mismo: sumisión y arrogancia.

El país no necesita ministros rodeados de aduladores. Necesita jueces con carácter, con ética, con vergüenza. Necesita instituciones que inspiren respeto, no vergüenza ajena.

Porque cuando el presidente de la Corte acepta ser servido de rodillas, no solo se ensucia los zapatos.

Ensucia la investidura.

Ensucia la justicia.

Ensucia la República.

Y confirma, una vez más, que el problema de México no es solo la corrupción material, sino la miseria moral de quienes se creen dueños del poder.

No tiene vergüenza.
No tiene decoro.
Y, peor aún, no parece tener conciencia de lo que representa.

Triste espectáculo.

Indigno.

Inaceptable.

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