Desde el máximo poder político del país se insiste, todos los días y sin sonrojarse, en que todo marcha bien. Que no hay crisis, que no hay polarización, que vivimos en una especie de paraíso democrático donde la justicia florece, la economía avanza y la seguridad se fortalece.
Pero basta con salir a la calle para comprobar que ese discurso es una ficción cuidadosamente ensayada.
La mayoría de los mexicanos no vive en el país de las cifras maquilladas ni en el de las conferencias triunfalistas. Vive en el país del miedo, del desempleo y de la incertidumbre.
Vive en el México donde cerrar temprano el negocio es una medida de protección, donde cambiar de ruta es un acto de supervivencia y donde denunciar es casi un suicidio.
¿Quién, en su sano juicio, puede afirmar que la inseguridad ha disminuido?
¿Quién puede mirar a los ojos a una madre buscadora y decirle que “vamos bien”?
¿Quién puede asegurarle a un comerciante extorsionado, a un médico amenazado o a un transportista asaltado que la estrategia funciona?
¡Nadie que tenga conciencia!
Pero desde el poder se ha perfeccionado un arte perverso: el de la lengua viperina. Esa que no informa, pero muerde. Esa que no explica, pero confunde. Esa que no dialoga, pero ataca. Una lengua venenosa que serpentea entre datos manipulados, medias verdades y descalificaciones.
Es la que da vigor al ser humano, porque con ésta se miente, se calumnia, se insulta, se rompen relaciones.
Es el órgano de la blasfemia, la impiedad, el cinismo y la traición.
Para el escritor griego Esopo, la lengua es la madre de todos los pleitos y discusiones, el origen de las separaciones y las guerras.
Cuando no hay resultados, hay discurso.
Cuando no hay soluciones, hay propaganda.
Cuando no hay autocrítica, hay enemigos inventados.
El gobierno no gobierna: narra.
No corrige: justifica.
No escucha: acusa.
Y en esa narrativa oficial, todo crítico es “conservador”, todo periodista incómodo es “corrupto”, todo ciudadano inconforme es “manipulado”.
La realidad no importa. Importa el relato.
Mientras tanto, la economía familiar se aprieta, los servicios públicos se deterioran, los hospitales carecen de insumos, las escuelas se caen a pedazos y las calles son territorios disputados por el crimen organizado.
Pero desde el micrófono poderoso se repite el mantra: “Nunca habíamos estado mejor”.
La lengua viperina no busca convencer con hechos, sino cansar con palabras. Saturar. Confundir. Desprestigiar. Convertir la mentira en rutina y la mediocridad en normalidad.
Es una estrategia vieja, pero eficaz: repetir una mentira mil veces hasta que parezca verdad.
El problema es que la realidad no obedece discursos.
Las balas no se detienen con “mañaneras”.
La pobreza no desaparece con publicidad política.
La violencia no se esfuma con aplausos.
La corrupción no se limpia con adjetivos.
México no necesita más saliva.
Necesita reconciliación.
Necesita más responsabilidad.
Más seriedad.
En pocas palabras, eficiencia.
Porque cuando el poder habla con lengua viperina, no solo envenena el debate público: contamina la confianza, la esperanza y el futuro.
Entre los funcionarios de la 4T pululan los exabruptos y las ocurrencias irreflexivas verbales. Las pugnas al interior del gobierno son cada vez más perniciosas.
Además, a través de la lengua viperina, se genera la agenda del día, se difunden actividades cotidianas y se exhiben a todos aquellos considerados como detractores.
Y ningún país sobrevive mucho tiempo respirando mentiras. Resollando disparates.
Y como dice el maestro CATÓN: “estábamos mejor cuanto estábamos peor”.
El Mencho
Con el asesinato de Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho”, el más importante criminal en el mundo de la delincuencia organizada, surge el posible sucesor: Gonzalo Mendoza Gaytán, “El sapo”. La mano de Donald Trump en este suceso ha sido determinante.
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