“Las amistades y las relaciones tienen ciclos” no es una sentencia fría; es una constatación serena de la vida tal como es.
Durante mucho tiempo nos enseñaron —o nos enseñamos— que una relación valiosa debía ser eterna, inquebrantable, inmune al tiempo y a los cambios. Como si el verdadero afecto se midiera por la permanencia y no por la verdad de lo vivido. Sin embargo, la experiencia —esa maestra silenciosa— nos va mostrando otra cosa: no todo lo que fue importante está llamado a durar para siempre, y eso no le quita valor a lo que fue.
Los ciclos también se miden por etapas de vida. Ahí están las amistades de la infancia, cuando la lealtad se sellaba jugando, compartiendo recreos, secretos ingenuos y tardes interminables. Luego llegan las de la adolescencia, intensas y absolutas, donde jurábamos hermandades eternas, donde “hermano” y “hermana” no eran metáforas, sino promesas que creíamos irrompibles. En la juventud, las amistades se vuelven cómplices de sueños, ideales, noches largas y proyectos que parecían no tener fecha de caducidad.
Pero la vida avanza. Y con ella cambian las responsabilidades, los miedos, las prioridades, las geografías. Aparecen el trabajo, la familia, las decisiones difíciles, las renuncias silenciosas. No todos crecemos en la misma dirección ni al mismo ritmo. Y entonces, sin grandes rupturas ni escenas dramáticas, algunas relaciones comienzan a tomar distancia.
Duele aceptarlo. Porque seguimos recordando a ese amigo o a esa amiga como “hermano”, como “hermana”, aunque ya no esté presente, aunque la conversación ya no fluya, aunque el tiempo haya levantado una distancia que no sabemos bien cómo cruzar. Y a veces no es culpa de nadie: el destino o la vida simplemente nos coloca en escenarios distintos.
En la madurez, las relaciones se vuelven más sobrias. Ya no se sostienen por la cantidad de tiempo compartido, sino por la calidad del encuentro. Aprendemos que no se trata de vernos todos los días, sino de reconocernos cuando nos vemos. Y en la vejez —esa etapa que también es maestra— entendemos que no todos los que caminaron con nosotros podían llegar hasta el final del trayecto.
Aceptar estos ciclos exige honestidad interior. Aceptar que ya no somos los mismos niños, ni los mismos jóvenes, ni siquiera las mismas personas que prometían eternidades sin saber lo que la vida pediría después. Aferrarnos a vínculos que ya no respiran suele generar más dolor que aprender a soltarlos con gratitud.
Hablar de ciclos no es promover la superficialidad ni la cultura del descarte. No se trata de irnos cuando algo incomoda, sino de discernir cuándo una relación sigue siendo espacio de crecimiento y cuándo se ha convertido en un lugar de desgaste permanente. Permanecer solo por nostalgia o por miedo a la soledad no es fidelidad; es resistencia al cambio.
Las amistades saben transformarse, tal vez ya no se vean como antes, ya no se llamen con la misma frecuencia, pero conservan un afecto limpio, sin reproches. Otras, incluso, renacen después de años de silencio, desde un lugar más humilde y más verdadero. Ya no para exigirse, sino para acompañarse.
Cada relación deja huella. Algunas como abrazo, otras como enseñanza. Ninguna es inútil. Quizá la pregunta no sea quién se quedó o quién se fue, sino qué nos ayudó a ser cada vínculo en su momento.
Entender que las amistades y las relaciones tienen ciclos no nos vuelve fríos; nos vuelve más humanos. Más conscientes del tiempo, más respetuosos de los procesos, más capaces de agradecer sin reclamar y de soltar sin resentimiento.
Un amigo (+) me dijo un día que siempre le pedía a Dios, cada Navidad o cada Año Nuevo, que le regalara un amigo nuevo. Y esa vez llegué yo, como su amigo nuevo a principios de los años ochenta, cuando aún creíamos que el tiempo no tenía prisa.
Desde entonces cultivamos una amistad a la distancia, como hermanos y como amigos. En momentos clave de la vida, su palabra, su presencia y su apoyo fueron sostén y guía.
Por eso, me permito sugerirte lo mismo: atrévete a pedir un amigo nuevo. No para sustituir a quienes ya no están, sino para honrarlos, dejando que la vida siga regalando encuentros que acompañen, sostengan y nos ayuden a crecer.
gerardolunadar@2013@gmail.com
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