enero 14, 2026

En Esta Hora

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La bandera negra y la nueva revolución

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Alexa vuelve a decirlo: “Miles de jóvenes marcharon en el Zócalo… movilizaciones simultáneas en varias ciudades del país… periodistas nacionales debaten la figura de una bandera negra…”. Y mientras su voz automatizada repite el mismo boletín por tercera vez, me descubro observando la escena desde mi cocina, con el café ya frío, preguntándome en qué momento este país llegó al punto en que una generación entera tuvo que levantar una bandera pirata para explicar lo que los adultos no quisimos escuchar. Hoy, las redes sociales hierven nuevamente: la Generación Z está convocando otra marcha para el 20 de noviembre, en el marco de la Revolución Mexicana, en los mismos puntos donde se reunieron el 15.

Confieso que la bandera me intrigó desde el primer momento. Negra, con un símbolo de pirata que yo asociaba vagamente con una estética de rebeldía, o con Jack Sparrow, pero que en realidad pertenece —me explicó Emiliano— al universo de One Piece, la serie donde un grupo de jóvenes piratas lucha contra estructuras injustas, atraviesa mares inciertos y construye su propia idea de libertad. Esa imagen, hoy levantada por chicos y chicas mexicanos, no es casual. Es un gesto generacional. Una forma visual de decir: “No pertenecemos a su sistema, pero no vamos a dejar de luchar por un lugar en él”.

Mientras Alexa continúa con su letanía de titulares y análisis políticos, pienso en la insistencia con la que estos jóvenes remarcaron que su marcha fuera libre de partidos, libre de figuras públicas, libre de intereses ajenos. Y pienso también en cómo, pese a esa claridad, surgieron intentos de desvirtuar la movilización: infiltrados vestidos de negro, provocaciones, videos editados, acusaciones rápidas. Lo más grave, sin embargo, es que quienes fueron detenidos no fueron los violentadores, sino los muchachos que habían ido en son de paz… los mismos que llenaron sus mochilas con plumones, botellas de agua y pancartas improvisadas.

Quizá por eso me toca tan hondo este movimiento. Porque lo que escucho hoy en sus voces se parece a lo que mi generación —y las que nos antecedieron— dio por hecho sin cuestionar: un país donde la paz era posible, donde las oportunidades se encontraban en el camino, donde construir una vida era una promesa plausible, no un acto de fe. Ellos marchan para pedir exactamente eso: seguridad, certidumbre, futuro. No exigen privilegios, exigen condiciones mínimas para vivir con dignidad. Y en esa exigencia se nota la urgencia de una época que está cambiando demasiado rápido y, al mismo tiempo, demasiado tarde.

En algún punto, mientras escucho a comentaristas discutir si esta marcha es o no un fenómeno político, recuerdo que la Generación Z no quiere un liderazgo tradicional, ni un caudillo, ni una narrativa uniforme. Quieren un movimiento que sea suyo, un espacio donde expresar el hartazgo sin que nadie los capture, sin que los partidos se apropien, sin que los adultos les digamos cómo tienen que protestar. Y me pregunto cuándo fue que dejamos de escuchar a los jóvenes para empezar a juzgarlos por los símbolos, por sus tatuajes, por su cabello, por la ropa que usan y no por las razones que los mueven.

Lo cierto es que algo está cambiando. Algo que se siente en la calle, en las redes, en la forma en que Alexa, sin emoción alguna, repite un fenómeno que sí tiene emoción, urgencia y vida propia. La bandera negra ondea porque las instituciones fallaron en escuchar. Y esa imagen pirata que muchos han querido minimizar en realidad es un recordatorio generacional: si el sistema no les da un lugar, ellos construirán su propia tripulación.

Quizá lo que más incomoda no es la bandera, ni el símbolo pirata, ni la convocatoria por TikTok. Lo que incomoda es que esta vez los jóvenes no piden permiso y quienes se han aferrado al control del país no saben qué hacer cuando una generación entera decide que ya no quiere esperar turno. Alexa es interrumpida por los ladridos de Fito y Tony, mis perros amarillos, y entonces pienso que, si la Revolución Mexicana ocurriera hoy no sería con rifles y caballos, sino con hashtags, banderas de anime y una Alexa repitiendo el parte informativo. Tal vez nos toque aceptar que esta nueva revolución —pacifica, desordenada y muy suya— ya empezó, aunque algunos aún no quieran darse cuenta.

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