Durante años, Morena construyó una narrativa de fortaleza regional apoyada en una supuesta “ola progresista” en América Latina.
Un cinturón ideológico que, según el discurso oficial, serviría de contrapeso frente a Washington.
Hoy, esa geografía política se ha ido desdibujando. Los viejos aliados han desaparecido o se han debilitado, y la izquierda pierde terreno a pasos acelerados.
Los ejemplos son claros. En Honduras, Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador, los proyectos de izquierda enfrentan derrotas electorales, crisis internas o virajes políticos que los han sacado del tablero de influencia regional.
Lo que alguna vez fue un coro afinado hoy es un conjunto disperso de voces aisladas.
Y México, lejos de liderar, comienza a quedarse solo.
Esta soledad tiene consecuencias. Sin respaldo regional, el margen de maniobra del gobierno mexicano se reduce frente a Estados Unidos.
La política exterior deja de ser un discurso épico para convertirse en un ejercicio de contención.
No es casualidad que Donald Trump haya elevado el tono y marcado condiciones, exigiendo la cancelación de los envíos de petróleo a la isla caribeña.
Ni es casual que la presidenta Claudia Sheinbaum haya frenado esos apoyos casi de inmediato.
El mensaje es inequívoco: cuando no hay aliados, se negocia desde la debilidad. Y Cuba, dependiente de esos envíos, queda al borde del abismo económico, confirmando que la solidaridad ideológica tiene límites cuando la presión geopolítica aprieta.
Los tiempos no parecen favorables para la llamada 4T.
La pérdida de influencia regional, la recomposición política del continente y la firmeza estadounidense configuran un escenario incómodo para un proyecto que se pensó arropado por una izquierda continental hoy en retirada.
La pregunta ya no es si Morena puede resistir sin aliados, sino cuánto está dispuesta a ceder para no quedarse completamente sola.
Historias similares
Los impresentables de Morena
MORENA y la magia: ¡primero los pobres!
El ISSSTE con Trato Digno; y más cercano a la derechohabiencia