febrero 7, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Jaula de oro

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La presidenta Claudia Sheinbaum está consciente de una realidad incómoda que la tiene atolondrada: el poder que se ejerce desde Palacio Nacional no siempre es el poder que decide.

Gobernar rodeada de herencias malditas no sólo limita la acción política, también encierra. Y cuando esas herencias pesan más que el propio cargo, la presidencia se convierte en una jaula de oro.

La soledad del poder suele ser el precio de la investidura, pero en este caso la soledad se agrava por el secuestro político.

Sheinbaum no gobierna con plena libertad; gobierna condicionada. Cada decisión parece revisada, cada movimiento observado, cada intento de trazar una ruta propia, es sofocado por sombras perversas del pasado reciente que se niegan a retirarse.

Hay una piedrota en la zapatilla presidencial que se ha transformado en lastre permanente. Tiene nombre y apellido. Andy López Beltrán no sólo representa el exceso y la arrogancia del junior empoderado, sino también el recordatorio constante de que hay líneas que no se deben cruzar.

Los desencuentros entre ambos no son ideológicos ni estratégicos: son el choque entre quien quiere ejercer un poder formal y quien se siente dueño del poder real.

La tibieza de la presidenta no es gratuita. A Sheinbaum le tiembla la mano, no por falta de carácter, sino por temor a las represalias del caudillo del sur. Ese miedo paraliza, inhibe y reduce su margen de maniobra. Gobernar así es administrar, no liderar.

El reciente nombramiento de Francisco Garduño en la Secretaría de Educación — presentado sin rubor como “funcionario ejemplar”–es la prueba más clara de que las decisiones clave no se toman donde dice la Constitución. El mensaje es contundente: el verdadero centro de mando no está en Palacio Nacional, sino en Palenque.

Sheinbaum ocupa el cargo más alto del país, pero no controla los hilos. Tiene poder, pero no autoridad plena. Vive rodeada de privilegios, símbolos y reflectores, pero atrapada en una estructura que no le pertenece. Esa es su jaula de oro: brillante por fuera, asfixiante por dentro.

La pregunta ya no es si podrá gobernar como quiere, sino si algún día podrá hacerlo. Porque mientras el poder real siga fuera de su alcance, la presidenta seguirá siendo rehén de un pasado que se resiste a soltar el presente.

Y en política, como en la vida, no hay encierro más cruel que aquel que se disfraza de poder.

La presidenta Sheinbaum –como la calandria de la canción que interpretó el inolvidable Pedro Infante–se encuentra atrapada “en una jaula de oro cantando su dolor”.

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