marzo 23, 2026

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“Hay relaciones que comienzan la guerra… firmando La Paz”

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Hay “sí” que se pronuncian con la boca… y hay “sí” que se sostienen con la vida. No siempre son los mismos.

Tanto en el derecho civil —donde la separación se llama divorcio—, como en el Derecho Canónico, con su precisión jurídica, se contemplan diversas causas por las cuales un matrimonio puede ser declarado nulo o disuelto el vínculo. Se habla de impedimentos, de vicios del consentimiento y de defectos en la forma.

Pero, más allá del lenguaje técnico, lo que ahí se describe no pertenece solo al matrimonio… pertenece a la condición humana. Porque, si somos honestos, esas mismas causas aparecen —con otros nombres— en muchas de nuestras relaciones.

No solo en las que se firman… también en las que se viven. Hay relaciones que nacen desde la dependencia. Otras, desde el miedo a estar solos. Algunas más, desde la presión del entorno o del momento.

Y muchas, desde una ilusión que no alcanzó a convertirse en conciencia. Hay quien ama… pero no es libre. Hay quien se compromete… pero no sabe a qué. Hay quien dice “para siempre”… sin haber aprendido a sostener el presente. Y entonces ocurre lo inevitable: el vínculo se desgasta, se rompe o se transforma… y no siempre entendemos por qué. Quizá porque nunca nos enseñaron a mirar el origen.

En el ámbito canónico, se habla de nulidad cuando desde el inicio faltó algo esencial: libertad, madurez, verdad, capacidad de asumir lo que se prometía. No es que el camino haya fallado… es que el punto de partida no estaba completo. Y eso, llevado a la vida cotidiana, es profundamente revelador.

¿Cuántas relaciones —de pareja, de amistad, incluso laborales— se construyen sin verdadera libertad interior?

¿Cuántas decisiones importantes se toman desde la prisa, la emoción o la presión… y no desde la claridad?

¿Cuántas veces aceptamos algo sin haberlo comprendido del todo? No por mala intención. Sino por falta de conciencia.

Hay vínculos que nacen con silencios importantes.

Con verdades a medias. Con expectativas no dichas. Con heridas no resueltas. Y aun así, se intentan sostener.

Pero el tiempo —ese gran revelador— termina mostrando lo que no estaba bien cimentado. No para castigar… sino para enseñar.

Tal vez por eso esta reflexión no es sobre divorcios ni nulidades… sino sobre autenticidad. Sobre la importancia de elegir desde la libertad, no desde la necesidad.

De comprometernos desde la madurez, no desde la emoción pasajera. De hablar con verdad, incluso cuando cuesta.

Porque toda relación —formal o no— descansa sobre tres pilares invisibles: la libertad, la verdad y la capacidad de amar.

Cuando uno de ellos falta, el vínculo se resiente. Cuando los tres están presentes, el vínculo florece.

Quizá no se trata de preguntarnos cuántas relaciones “no debieron ser”… sino de aprender a construir mejor las que sí queremos vivir.

Porque al final, más allá de leyes, normas o rituales, la vida nos sigue haciendo la misma pregunta: ¿ese “sí” que estás viviendo… es realmente tuyo?

Si algo de esto resuena en tu vida o en la de alguien cercano, que no sea motivo de distancia, sino de comprensión… porque todos, en algún momento, hemos aprendido a amar sobre la marcha.

Que esta mirada no nos lleve a señalar historias, sino a iluminar las nuestras… porque cada relación, incluso las que dolieron, puede dejarnos una lección para amar con mayor verdad.

Amar bien comienza por elegir bien.

gerardolunadar2013@gmail.com

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