Apuntes del periodista Cecilio García Cruz
En efecto, una imagen vale más que mil palabras. Y en la política mexicana, a veces, vale más que cien discursos.
El general Ricardo Trevilla concluye su mensaje sobre la captura y aniquilación de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. No termina con triunfalismo ni con frases prefabricadas. Termina con la voz quebrada. Hace una pausa. Sus ojos se humedecen. Las lágrimas aparecen.
Lamenta a sus soldados caídos en lo que se presenta como un evento histórico. Llora de rabia, de impotencia, de dolor. No es el llanto del derrotado, sino el del mando que carga con la vida de sus hombres. Es el llanto de un ser humano vestido de uniforme, consciente del precio real de la guerra.
No es frecuente ver llorar a un general en público. Y cuando ocurre, el país debería prestar atención.
Concluida su intervención en la “mañanera”, Trevilla se dirige a su lugar asignado. En ese instante, las cámaras registran una escena que no estaba en el guion: Omar García Harfuch se pone de pie, le extiende la mano, intenta saludarlo y felicitarlo por su mensaje firme y sensible.
El secretario de la Defensa no responde.
No estrecha la mano.
Evita el contacto.
Un gesto breve. Un mensaje contundente.
La presidenta Claudia Sheinbaum observa la escena. Percibe la tensión. Con un leve movimiento de cabeza (de arriba abajo), impulsa a García Harfuch a dar su exposición sobre la llamada “operación Tapalpa”. La ceremonia institucional sigue su curso, pero el momento quedó registrado.
La fotografía política está tomada.
Esa imagen habla por sí misma.
Revela, sin necesidad de declaraciones, las diferencias y quizá la animadversión entre los dos pilares más importantes del gobierno en materia de seguridad. Dos estructuras que deberían caminar en sincronía, pero que parecen avanzar con reservas mutuas.
Y eso, en un país asediado por el crimen organizado, no es un detalle menor.
Porque mientras el discurso oficial habla de coordinación, estrategia y unidad, la realidad muestra fisuras visibles. Y toda fisura, en temas de seguridad nacional, termina siendo una vulnerabilidad.
Las organizaciones criminales también miran. También interpretan. También leen los silencios.
El contraste histórico es inevitable. No fue el llanto desesperado de José López Portillo defendiendo al peso. Aquella fue una escena de derrota política y económica. Esta es distinta. Es el llanto del mando frente al costo humano de una guerra sin tregua.
Pero la suma de emociones, gestos y omisiones construyó algo más profundo que una escena conmovedora. Construyó un retrato del momento político.
Un retrato donde conviven el dolor auténtico, la frialdad institucional, la distancia personal y la coreografía del poder.
En tiempos donde todo se maquilla como narrativa, esta imagen rompió el molde. Mostró que no todo está alineado. Que no todo fluye. Que la lucha contra el narcotráfico no solo se libra en carreteras, montañas y operativos, sino también en pasillos, miradas y silencios.
Las diferencias no siempre se anuncian.
A veces, simplemente se exhiben.
Y aquella mañana, frente a millones de mexicanos, quedaron expuestas.
Una imagen para la historia política de México.
Una imagen que, sin decir una sola palabra, lo dijo todo.
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