Las encuestas “a la medida” provocan sentimientos de felicidad intensa.
Los porcentajes suben. Los titulares celebran. Y desde los despachos oficiales se repite, como consigna, que el país vive un momento de estabilidad y aprobación histórica.
Según las mediciones, la presidenta goza de altos niveles de respaldo ciudadano. Pero conviene preguntarnos, con serenidad y sin fanatismos:
¿la popularidad equivale a gobernabilidad?
La representación simbólica importa, sin duda. Que una mujer encabece el Poder Ejecutivo es un avance que marca época y rompe inercias históricas.
Sin embargo, el símbolo no gobierna. Gobernar exige algo más que presencia, imagen o narrativa. Exige carácter, conducción, decisiones firmes y coherencia política y ética.
Una presidenta no está llamada únicamente a representar un cambio. Está obligada a ejercer el poder con autoridad efectiva. A ordenar, corregir, enfrentar intereses, asumir costos y sostener el rumbo aun cuando soplen vientos adversos.
El liderazgo verdadero no se mide con aplausos, sino en resultados.
La aprobación no sustituye la gobernabilidad.
La narrativa no reemplaza el mando.
El discurso no corrige la ingobernabilidad.
Un país no se conduce desde la comodidad de los números favorables. Se conduce desde la responsabilidad de resolver problemas reales: inseguridad, economía estancada, salud en crisis, educación contaminada, instituciones debilitadas, polarización social y desconfianza ciudadana.
Y esos desafíos no se resuelven con frases bien diseñadas ni con campañas de auto celebración.
México necesita una presidenta fuerte, legítima y respetada.
Fuerte, no en propaganda, sino en resultados.
Legítima, no por imposición, sino por méritos propios.
Respetada, no por consigna, sino por coherencia.
La fortaleza política no consiste en controlar la narrativa, sino en gobernar con rumbo. No en blindarse de la crítica, sino en escucharla. No en administrar lealtades, sino en construir instituciones sólidas.
Cuando el poder se concentra en el relato y no en la acción, cuando la popularidad se convierte en escudo y no en responsabilidad, cuando el aplauso sustituye a la autocrítica, la gobernabilidad empieza a resquebrajarse, aunque las encuestas digan lo contrario.
La historia lo ha demostrado una y otra vez: los gobiernos no caen por falta de aprobación, sino por exceso de simulación. Por confundir respaldo con fe ciega. Por creer en encuestas “a modo”.
Hoy México no necesita una presidenta bien evaluada.
Necesita una presidenta bien plantada.
Con autoridad moral.
Con claridad política.
Con valentía institucional.
Porque gobernar no es agradar.
Gobernar es eficiencia.
Y la eficiencia implica asumir que el poder no se presume ni se comparte: se ejerce.
La ejecución de Nemesio Oseguera, “El Mencho”, no es discurso, es el golpe de autoridad política más importante del gobierno de la 4T en la guerra contra el narcotráfico.
De los abrazos a los balazos.
Eso sí es gobernar.
Imagen de portada: Sheinbaum se separa de AMLO y PONE FIN a la estrategia ‘abrazos, no balazos’ | Mientras tanto/// https://www.youtube.com/watch?v=2ddZOHU7ldE
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