febrero 6, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El frío que cala en los huesos… y en la política

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El frío llegó sin pedir permiso. De esos fríos que no solo se sienten en la piel, sino que se meten en las articulaciones, en la respiración y hasta en el ánimo. Desde la semana pasada Veracruz comenzó a enfriarse, pero fue entre domingo, lunes y martes cuando el frío se volvió helado, casi extranjero, como si hubiera viajado directo desde Chicago o Minnesota, donde mi amigo Rubén Barradas me cuenta que las temperaturas rondan los menos quince grados y el invierno es cosa seria.

Aquí no estamos acostumbrados a eso. En Reynosa, mi hermano Carlos me dijo que el lunes estuvieron a un grado por la tarde y que en la madrugada bajaron a menos uno. Solo de imaginarlo se me entumieron las piernas. En Misantla no llegamos a esos extremos, pero créanme: a diez grados el cuerpo también protesta.

Tuve que vestirme por capas. Cuatro capas abajo: medias, mallas térmicas, mallones térmicos y pantalones holgados para que todo cupiera. Arriba: camiseta, camiseta térmica, blusa de lana de cuello de tortuga, suéter y chamarra larga. En los pies, calcetas gruesas. En la cabeza, un rebozo bien enrollado para que no se me congelaran las orejas. Me movía con la gracia de un pingüino en la Antártida, rígida, torpe, pero digna. El frío, como dicen los muchachos, me la peló… aunque caminar así era casi un acto de resistencia.

Hice ponche, chocolate caliente y tomé café como si no hubiera mañana. Y aun así, el lunes me lancé a Xalapa. Crucé la sierra de Misantla y, en lo más alto, Chiconquiaco amanecía a seis grados, con una neblina tan espesa que no se veía absolutamente nada. Una hora después llegué a Xalapa, hermosa como siempre, pero con un frío que calaba hasta el pensamiento.

No era solo sensación. Frentes fríos, aire polar, masa ártica, viento del norte, rachas fuertes, oleaje elevado. Incluso nieve y aguanieve en las zonas altas del Cofre de Perote. El Frente Frío número 30 dejó su huella y todo indica que otro más viene en camino para el fin de semana. Abrigarse, recomiendan. Estar atentos, tomar precauciones.

Mientras escribo esto, tengo la ventana abierta. El aire frío entra directo a la cara y no quiero cerrarla. Me gusta esa sensación. Escucho el tecleo constante en la redacción del periódico, el sonido de los dedos golpeando teclas, y pienso que hacía años no sentíamos un invierno así. Hubo un tiempo —no tan lejano— en que los inviernos parecían veranos y el calor se quedaba incluso en Navidad. Eso sí daba miedo. Porque el cambio climático dejó de ser una idea abstracta y se volvió experiencia cotidiana.

Desde finales de 2024 algo empezó a cambiar, el verano de 2025 fue menos agresivo y este invierno, aunque incómodo, húmedo y frío, se siente distinto. Como si la tierra respirara un poco mejor. Como si la vegetación estuviera recuperándose. El frío también puede ser una buena noticia, aunque a nuestros hermanos del norte del país y del continente les esté tocando vivirlo con crudeza.

Y mientras el frío climático se siente en los huesos, hay otro frío que anda suelto. El frío político. Ese que hoy padecen algunos dirigentes y aspirantes que ya miran al 2027, pero no saben bien desde dónde pararse. No saben de qué color vestirse, a qué partido arrimarse, ni si el tiempo que marca la ley les alcanzará para inventarse uno nuevo. Andan así: con el cuerpo frío y la aspiración congelada.

A esos, el invierno les llegó doble. Porque el frío no perdona improvisaciones, ni en la calle ni en la política. Y mientras unos se abrigan por capas para sobrevivir al clima, otros descubren que no hay chamarra suficiente para cubrir la intemperie política en la que se metieron.

El frío, al final, siempre revela algo. Quién resiste, quién se adapta y quién se queda temblando, esperando que alguien más le preste un abrigo.

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