No se espante. No es ese “Chapo” que cruzó túneles, burló cárceles y hoy habita una celda de máxima seguridad en Estados Unidos.
Este otro no se fuga: fluye. No dispara: mancha. No trafica: contamina. Es el chapopote que se pasea, sin visa ni vergüenza, por el Golfo de México dejando una estela de tristeza.
El nuevo “Chapo” no necesita cómplices visibles; le basta con la inercia, la negligencia y el silencio.
Avanza lento, pegajoso, negro —como ciertas decisiones públicas—, dejando a su paso peces asfixiados, playas heridas y pescadores con más preguntas que respuestas.
Aquí no hay balas, pero sí daños: a la economía local, a la salud de comunidades enteras y a la reputación turística de un estado que vive —y presume— de su costa bella y brava.
Las autoridades, mientras tanto, ensayan una coreografía conocida: negación, minimización y, finalmente, la elegante maniobra de lavarse las manos al estilo Poncio Pilato.
“No es para tanto”, “no hay evidencia concluyente”, “no somos responsables”, “solo son unas cuantas gotitas”.
El manual de crisis parece escrito con tinta invisible: nadie lo ve, pero todos lo aplican.
El problema —incómodo, persistente— es que el chapopote no entiende de discursos. No respeta agendas ni calendarios políticos. Mucho menos vacaciones.
Y ahí está el detalle: Semana Santa está a la vuelta de la esquina.
Mientras las autoridades debaten si el problema existe, el turismo ya empezó a hacer sus propias cuentas. Y el turista —ese juez silencioso— no litiga, simplemente no regresa.
Los pescadores, por su parte, no necesitan estudios de gabinete para saber que algo está mal.
Sus redes sollozan, lo dicen todo: menos captura, más incertidumbre. Y cuando el mar —que siempre ha sido generoso— comienza a fallar, no es sólo una crisis ambiental; es una crisis social en cámara lenta.
Porque aquí no se trata de encontrar un villano de caricatura, sino de asumir responsabilidades reales.
Si no fue Pemex, ¿quién fue? Si no hay derrame, ¿qué es lo que flota? Si no hay afectación, ¿por qué las playas cambian de color y de olor?
Las preguntas sobran; las respuestas escasean.
Veracruz no necesita otro “Chapo”. Ni el de las leyendas negras ni el de las mareas negras. Necesita autoridades que no confundan control de daños con control de narrativa. Que entiendan que la confianza no se decreta, se construye. Y que el mar —como la verdad— siempre termina por salir a la superficie.
Porque en este capítulo, el “Chapo” no está tras las rejas. Está en las olas. Y ese, a diferencia del otro, no se puede extraditar.
Y la señora Nahle –con su inconfundible estilo– niega su estancia en playas veracruzanas.
Imagen de portada: Hidrocarburos: Derrame afecta a pueblos en Veracruz/// https://laverdadnoticias.com/ Unidad de Investigación
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