Hay palabras que preferimos evitar y otras que buscamos con insistencia.
El dolor suele incomodar; el placer, seducir. Sin embargo, ambos forman parte del mismo tejido vital. No son opuestos absolutos, sino experiencias complementarias que, cuando se viven con conciencia, pueden convertirse en maestros silenciosos del crecimiento humano.
Vivimos en una cultura que promete placer inmediato y huye del dolor a toda costa. Se nos educa para anestesiar la incomodidad, para acelerar los duelos, para “estar bien” cuanto antes. Pero la vida —con su sabiduría antigua— no funciona así. El dolor llega, se instala y nos obliga a detenernos. Nos confronta con la pérdida, el cambio, la fragilidad y, en muchos casos, con la certeza de la muerte.
Desde la tanatología, el dolor no se comprende como un enemigo que deba ser eliminado, sino como una experiencia que necesita ser nombrada, acompañada y resignificada. El duelo no se limita a la muerte de alguien amado; también se llora lo que no fue, lo que se perdió, lo que cambió para siempre: una relación, la salud, un proyecto, una etapa de la vida. Negar ese dolor no lo desaparece; solo lo desplaza. Y lo que no se elabora, tarde o temprano, se manifiesta de otras formas.
El dolor, por sí solo, no transforma. Puede endurecer, aislar o amargar. Pero cuando es acogido con honestidad y acompañado con respeto, abre el camino de la resiliencia: esa capacidad profundamente humana de reconstruirse sin negar la herida. La resiliencia no consiste en “aguantar” ni en fingir fortaleza, sino en integrar la experiencia dolorosa a la propia historia, permitiendo que nos vuelva más conscientes, más empáticos, más humanos.
A menudo, la resiliencia comienza cuando dejamos de preguntarnos “¿por qué a mí?” y nos atrevemos, poco a poco, a preguntarnos “¿para qué ahora?”. No como una respuesta inmediata ni moralizante, sino como un proceso lento de sentido. En ese tránsito, el dolor deja de ser únicamente una carga y se convierte en una fuente de aprendizaje interior. No borra la pérdida, pero transforma la manera de habitarla.
En ese sentido, dolor y placer también forman parte de la salud. No solo de la salud física, sino de la salud emocional, mental y espiritual. Hay duelo, y hay alegría; ambos son indicadores de vida. Una persona sana no es la que nunca sufre, sino la que puede transitar el dolor sin negarlo y abrirse nuevamente a la alegría sin culpa. Cuando el duelo se reconoce y se acompaña, se convierte en un proceso sanador; cuando la alegría se permite y se comparte, fortalece el vínculo con la vida. Negar cualquiera de los dos empobrece la experiencia humana y, a la larga, también enferma.
El placer, por su parte, también exige madurez. No es lo opuesto al dolor ni su negación. Es un recordatorio de que la vida, incluso en medio de la fragilidad, sigue ofreciendo instantes de belleza, de vínculo, de gratitud. El placer auténtico no es evasión, sino presencia: saborear un encuentro, una conversación profunda, un silencio compartido, la conciencia de estar vivos aquí y ahora.
Desde una mirada ética y holística, crecer implica no absolutizar ninguna experiencia. Ni el dolor define toda la vida, ni el placer la explica por completo. Ambos dialogan en nosotros. El dolor nos enseña límites; el placer nos devuelve el gusto por existir. El primero nos invita a ir hacia adentro; el segundo, a abrirnos al mundo.
La madurez llega cuando aprendemos a sostener esa tensión sin huir. Cuando entendemos que la vida no se trata de evitar el sufrimiento ni de perseguir la felicidad como un objeto, sino de habitar con dignidad cada etapa, con sus pérdidas y sus dones. En ese equilibrio se construye una ética de la vida real: compasiva, consciente, profundamente humana.
Quizá vivir de verdad sea aceptar que el dolor nos rompe… y que el placer nos recompone. Que la resiliencia no nos devuelve a lo que éramos, sino que nos conduce a una versión más lúcida de nosotros mismos. Y que incluso frente a la muerte, al duelo y a la ausencia, la vida sigue pidiéndonos una sola cosa: presencia, sentido y humanidad.
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