La presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que navegar entre aguas turbulentas.
Con la presión constante de los “duros” de Morena y la sombra omnipresente de su antecesor, ha optado por actuar con cabeza fría, aunque a veces le gana la auténtica actitud.
Gobernar a un país de 130 millones de habitantes no es tarea menor, y mucho menos cuando las pasiones y los intereses dentro del propio movimiento se convierten en minas políticas que pueden estallar en cualquier momento.
En este escenario, los autodescartes comienzan a perfilar el tablero rumbo al 2030.
Los incondicionales de López Obrador –los que durante años fueron los guardianes del templo de la 4T—hoy comienzan a caerse por su propio peso, y cuando pueden trabajan para el segundo piso entre pugnas soterradas.
Adán Augusto López, el exgobernador de Tabasco, arrastra señalamientos que lo vinculan con redes de lavado de dinero y protección a intereses oscuros.
Para no manchar más al gobierno de la señora Sheinbaum, pronto deberá solicitar licencia y sus socios incondicionales y millonarios deberán ser investigados.
Ricardo Monreal, el viejo zorro operador que quiso ser moderado, terminó siendo señalado por sus propios compañeros como traidor y oportunista.
El caso más estridente es el del hijo del expresidente, Andrés Manuel López Beltrán, ahora convertido en “DAndy” del círculo íntimo del poder.
Su nombre, alguna vez proyectado como herencia política, hoy se asocia más con escándalos, tráfico de influencias y una doble moral que lo aleja del discurso de austeridad que alguna vez predicó su padre.
A ellos se suma Gerardo Fernández Noroña, el francotirador de la izquierda, que con sus exabruptos verbales y su ego desmedido terminó por cavar su propia tumba política.
Así, el escenario se depura.
Los “descartes” despejan el camino para dos perfiles: Marcelo Ebrard, con su experiencia internacional y su relación directa con López Obrador; y Omar García Harfuch, el exjefe de la Policía capitalina, identificado con la línea técnica, pragmática y disciplinada de la presidenta Sheinbaum.
Ebrard observa desde el mirador de “La Chingada”, el rancho simbólico de su antiguo jefe, esperando quizá una señal del oráculo político.
García Harfuch, en cambio, ha preferido la acción: construye alianzas, trabaja con bajo perfil y suma méritos en el tablero del poder. Su mayor virtud ha sido demostrar que se puede nadar entre tiburones sin convertirse en uno de ellos.
El 2030 parece lejano, pero en la política mexicana el tiempo se mide en traiciones, filtraciones, silencios y otras “linduras”.
Tal vez exista un tercer actor, aún en la penumbra, que emerja como alternativa frente a los viejos y nuevos mesías.
Mientras tanto, los descartes continúan y la presidenta Sheinbaum, con la serenidad de una científica, sigue ajustando la fórmula de la gobernabilidad: menos lealtad ciega y más resultados.
¿Será suficiente para mantener a flote el proyecto de la 4T sin su creador?
El reloj del poder ya comenzó su cuenta regresiva.
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