marzo 12, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Críticos descalificados

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En las democracias maduras, la crítica es oxígeno. En los regímenes personalistas, en cambio, la crítica es tratada como traición.

Allí comienza la diferencia entre un gobierno que se somete al escrutinio público y otro que intenta domesticarlo.

Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se instauró una práctica inédita en la comunicación política mexicana: desde la tribuna presidencial de la llamada mañanera se señalaba públicamente a periodistas críticos.

No se discutían únicamente sus argumentos; se ponían sobre la mesa sus ingresos, sus propiedades, sus supuestos intereses económicos.

La opinión se convertía así en sospecha moral. El mensaje era claro: quien cuestiona al poder debe ser desacreditado.

Entre los periodistas más mencionados o atacados figuraron nombres conocidos del periodismo nacional: Ciro Gómez Leyva, Joaquín López-Dóriga, Carlos Loret de Mola, Víctor Trujillo —Brozo—, Pedro Ferriz De Con, Carmen Aristegui, Pepe Cárdenas y Azucena Uresti, entre otros.

No se trataba de un debate académico sobre sus posturas o su trabajo periodístico; el mecanismo era simple y más eficaz políticamente: erosionar su credibilidad frente al público.

La literatura sobre populismo contemporáneo describe este fenómeno con bastante precisión.

Autores como Jan-Werner Müller o Steven Levitsky han advertido que uno de los rasgos más comunes del liderazgo populista es la deslegitimación sistemática de intermediarios democráticos: tribunales, organismos autónomos y, de manera especial, la prensa.

El objetivo no siempre es censurar formalmente; muchas veces basta con sembrar desconfianza.

México vivió un episodio particularmente inquietante cuando el periodista Ciro Gómez Leyva fue víctima de un atentado armado que casi le cuesta la vida.

El ataque fue atribuido a sicarios vinculados al Cártel Jalisco Nueva Generación.

El hecho, más allá de sus implicaciones judiciales, reveló el nivel de vulnerabilidad en que pueden quedar los periodistas cuando la polarización política convierte la crítica en enemistad pública.

El fenómeno no terminó con el cambio de gobierno. La actual presidenta, Claudia Sheinbaum, ha recurrido a un término que resume una visión similar: “comentócratas”. Con esa palabra se agrupa a analistas, columnistas y conductores críticos, insinuando que su opinión pertenece a una élite desconectada del “pueblo”.

El problema no es el término en sí. En política siempre han existido tensiones entre poder y prensa.

Lo verdaderamente preocupante es cuando el lenguaje se convierte en un instrumento para degradar el valor mismo de la crítica. Cuando el periodista deja de ser interlocutor incómodo para convertirse en enemigo político.

La historia demuestra que las democracias se deterioran lentamente. No empiezan con la clausura de periódicos ni con la persecución masiva de periodistas. Empiezan con algo más sutil: la erosión de su legitimidad ante la sociedad.

Cuando un gobierno logra que la ciudadanía deje de confiar en quien cuestiona al poder, el trabajo ya está medio hecho. Porque una prensa desacreditada es una prensa más fácil de ignorar.

Y una democracia sin crítica no tarda en convertirse en una circunstancia sin valor.

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