marzo 21, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

APETITO DE PODER

Compartir:

Durante décadas, Estados Unidos fue presentado como el arquetipo de la democracia liberal.

Un sistema basado en contrapesos, libertades y reglas claras del juego político.

Hoy, esa narrativa enfrenta una grieta profunda.

El Instituto V-Dem —adscrito a la Universidad de Gotemburgo (Suecia)— ha emitido un diagnóstico que incomoda por su contundencia: Estados Unidos ya no califica como una democracia liberal.

La clasificación no es menor. Lo ubica en una categoría más ambigua y preocupante: la de las autocracias electorales.

El concepto exige precisión.

Una autocracia electoral no elimina las elecciones; las mantiene. Pero las vacía.

Reduce su competitividad real, debilita los contrapesos institucionales y erosiona las garantías que permiten que el voto sea libre, informado y efectivo.

En términos académicos, el tránsito de una democracia liberal hacia una autocracia electoral implica la degradación simultánea de tres pilares: el Estado de derecho, la rendición de cuentas horizontal y la integridad del proceso electoral.

El instituto V-Dem mide estas variables con rigor metodológico a partir de múltiples indicadores comparados.

Su conclusión, por tanto, no es retórica: es empírica.

El deterioro observado durante el mandato de Donald Trump no fue episódico, sino estructural.

Se expresó en la deslegitimación sistemática de procesos electorales, en la confrontación abierta con el Poder Judicial y en la construcción de una narrativa que convirtió a los adversarios políticos en enemigos del sistema.

Este tipo de liderazgo no busca únicamente ganar elecciones; busca redefinir las reglas que las hacen posibles.

Ahí radica el núcleo del problema.

No se trata de alternancia política, sino de la calidad del régimen.

La advertencia de V-Dem es particularmente alarmante por dos razones.

Primero, por la velocidad del deterioro. Los investigadores sostienen que nunca se había documentado una caída tan acelerada en los estándares democráticos de un país con instituciones históricamente consolidadas.

Segundo, por la agresividad del proceso: no fue un desgaste gradual, sino una erosión activa, impulsada desde el poder político.

Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos.

Forma parte de una tendencia global: la autocratización gradual de sistemas democráticos a través de mecanismos legales y electorales.

Y, peor aún, la mayoría de la humanidad vive hoy bajo sistemas donde el poder se concentra, las libertades se adelgazan y la competencia política existe más como formalidad que como garantía real.

En otras palabras: cada vez hay más países que votan, pero menos que realmente deciden.

Es lo que la literatura denomina democratic backsliding.

Sin embargo, el caso estadounidense tiene un peso simbólico y geopolítico particular.

Si la principal potencia mundial muestra signos de debilitamiento institucional, el efecto demostración se vuelve inevitable.

La pregunta de fondo no es si Estados Unidos celebrará elecciones. Lo hará.

La pregunta es con qué fundamentos, qué nivel de confianza pública y qué grado de autonomía institucional.

El apetito de poder es, en este contexto, el motor de la transformación.

Un impulso que desborda los límites normativos y tensiona las reglas democráticas hasta deformarlas.

Cuando el poder deja de entenderse como un mandato temporal sujeto a reglas, y comienza a asumirse como un espacio que debe preservarse a toda costa, la democracia deja de ser un fin y se convierte en un instrumento.

Ahí empieza su deterioro.

La lección es clara, aunque incómoda:

las democracias no colapsan únicamente por rupturas abruptas.

También pueden vaciarse desde dentro, conservando su apariencia formal.

Y cuando eso ocurre, las urnas permanecen, pero la democracia —en su sentido sustantivo— comienza a desaparecer.

Imagen de portada: https://blogs.portafolio.co

Compartir: