enero 14, 2026

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“Andy” y “Nicolasito”… DOS TIPOS DE CUIDADO

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En la política latinoamericana hay apellidos que pesan más que los programas y nombres propios que avanzan con escolta invisible.

Hoy, dos hijos de líderes de izquierda concentran miradas, sospechas y murmullos que recorren calles, cafés y redes sociales: Nicolás Ernesto Maduro Guerra, conocido como “Nicolasito”, y Andrés Manuel López Beltrán, al que muchos llaman simplemente “Andy”.

El primero ocupa una curul como diputado y forma parte de la Asamblea Nacional de Venezuela; el segundo funge como Secretario de Organización de Morena, una posición que, sin ser electiva, ejerce un poder real y decisivo en la vida interna del partido gobernante en México.

Dos trayectorias distintas, un mismo punto de partida: el apellido.

Ambos han crecido bajo el manto protector del poder paterno. No es un detalle menor. La custodia política —esa mezcla de influencias, silencios y favores— suele ser el mejor blindaje. Y también el terreno más fértil para que las fortunas florezcan a una velocidad que despierta dudas razonables.

No se trata solo de riqueza; se trata de cómo se llega a ella cuando el Estado es, directa o indirectamente, el entorno familiar.

En el imaginario colectivo, Nicolasito y Andy representan al “junior” que no compite, sino hereda; que no rinde cuentas, sino administra cercanías; que no explica, sino confía en el desgaste del escándalo.

Sus nombres aparecen una y otra vez en señalamientos, filtraciones y acusaciones de irregularidades asociadas a los gobiernos de sus padres y a los círculos de poder que los rodean.

El problema no es solo la sospecha: es la ausencia de respuestas claras.

La izquierda que prometió austeridad, ética pública y ruptura con los privilegios del pasado hoy enfrenta una paradoja incómoda.

Mientras millones sobreviven con lo mínimo, los hijos del poder exhiben una prosperidad que no cuadra con los discursos de igualdad.

¿Casualidad? ¿Éxito empresarial precoz? ¿O el resultado de un sistema que protege a los suyos con un celo extraordinario?

No es una condena; es una pregunta pública. Y en democracia, las preguntas incomodan porque obligan a transparentar.

Cuando el poder se hereda y la riqueza se multiplica sin explicación, el “cuidado” deja de ser protección y se convierte en sospecha.

Dos tipos de cuidado, sí: el que resguarda y el que alerta. Hoy, la ciudadanía ejerce el segundo.

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