febrero 11, 2026

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Amor con amor se paga

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A dos días del 14 de febrero, el calendario vuelve a recordarnos que hay fechas que no solo se celebran: se leen. El Día del Amor y la Amistad suele reducirse a flores, cenas y mensajes apresurados, pero su origen —como casi todo lo que importa— tiene más de rebeldía que de mercadotecnia.

San Valentín fue, según la tradición, un sacerdote que desafió al poder celebrando matrimonios prohibidos. Amar, en aquel entonces, fue un acto de desobediencia y pagar por amar fue el precio. Desde entonces, amar implica tomar partido, no hay amor neutral. El amor nunca ha sido gratuito ni inocente: siempre ha implicado elección, consecuencia y moneda de cambio.

Tal vez por eso un refrán viejo, muy viejo -que ya se decía en el siglo XVI- sigue tan vigente “Amor con amor se paga.” José Martí lo inmortalizó en una obra de teatro escrita desde la pasión juvenil. Santa Teresa y San Agustín lo entendieron desde la fe. Mario Benedetti lo tradujo al lenguaje de la complicidad cotidiana y en México, la izquierda lo convirtió en consigna. Hoy se repite en plazas públicas, discursos y redes sociales como promesa de reciprocidad entre el poder y el pueblo.

Pero antes de ser lema, fue verdad íntima. Yo lo aprendí lejos de los micrófonos, lo aprendí una mañana en que me enamoré increíblemente y cumplí el sueño que muchas mujeres guardan desde niñas: casarme en la iglesia de mi pueblo. Vestido largo, blanco, velo de tul. El corazón acelerado y un ramo de rosas blancas que apretaba con la mano izquierda.

Caminé nerviosa hacia la parroquia de Misantla, a solo dos cuadras de la casa materna. Del brazo me llevaba mi abuelo materno, del otro, mi hermano que con humor —o presagio— me decía que no me casara, que me iban a dejar plantada, por fortuna -ese día- no pasó.

A lo lejos veía al motivo de mi amor, de pie en la puerta de la iglesia, esperándome junto a los suyos. Viví entonces uno de los rituales más bellos que puede vivir una mujer enamorada. Amé profundamente a ese hombre y de ese amor nació lo más valioso de mi vida: Emiliano.

Después pasaron los años, muchos. Y uno cambia, y ellos, a veces más. Un día caminamos rutas distintas, sin embargo, el amor no se fue: se transformó. Se quedó en otra parte del corazón, en un lugar más silencioso, más hondo, donde hoy ilumina el amor que tengo por mi hijo.

Ahí entendí que el amor no siempre se queda, pero siempre deja cosas valiosas. Y que no todo amor dura igual, pero todo amor cobra sentido cuando se devuelve de alguna forma. Por eso la frase no es romántica: es política. Porque no solo el amor se paga con amor, la lealtad se paga con lealtad, la confianza, con resultados y el respaldo popular, con congruencia.

En la política, en la vida pública, como en la personal, nadie puede vivir eternamente del recuerdo del cariño recibido. El afecto que no se cuida se enfría, la esperanza que no se cumple se convierte en reclamo. Y el amor del pueblo —ese que se presume en plazas llenas y discursos emotivos— también se agota cuando no encuentra respuesta. “Amor con amor se paga” no es un eslogan: es una exigencia ética. Porque gobernar no es administrar gratitud, sino honrarla, al pueblo no le basta que le agradezcan el respaldo, hay que devolvérselo con hechos, con verdad y con responsabilidad. Porque la reciprocidad también es lealtad.

Este 14 de febrero, más allá de los regalos y las frases bonitas, convendría recordar algo esencial: el amor no se proclama, se ejerce en lo personal y en lo público. Porque al final, como en Veracruz, como en la vida, como en la política: el amor que no se responde, tarde o temprano… pasa factura.

Imagen de portada:El Amor con Amor se paga/// PINTEREST

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