marzo 30, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…” (J.S.)

Compartir:

Hay lugares a los que no se regresa. No porque estén lejos… sino porque ya cumplieron su misión. La vida no solo se mide en años, sino en etapas que nos transforman.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver… porque cada etapa tiene sus propios escenarios, sus propios afectos, sus propias versiones de nosotros mismos. Pretender regresar a ellos, muchas veces, es no entender que ya fuimos distintos… y que eso, precisamente, fue lo que les dio sentido.

Hay trabajos que no fueron solo un empleo, sino una verdadera escuela de vida. Ahí aprendimos disciplina, carácter, liderazgo… y también decepción. Hubo días de entusiasmo desbordado y otros de profundo cansancio. Hubo reconocimiento… y también silencios. Pero un día, sin previo aviso, ese ciclo terminó.

Y aunque el lugar siga existiendo, la historia que vivimos ahí ya no puede repetirse. No porque el trabajo haya cambiado… sino porque nosotros ya no somos los mismos.

También están los amigos. Los de la risa fácil, los de la complicidad inmediata, los que sabían de nosotros sin necesidad de explicaciones. La vida, sin pedir permiso, nos fue separando en ritmos, en prioridades, en geografías internas y externas. Y aunque el cariño permanece —porque lo auténtico no desaparece—, el vínculo ya no se vive igual.

Intentar regresar a esa dinámica es como querer congelar el tiempo. Pero el tiempo no se detiene… y las relaciones, como la vida, evolucionan o se transforman.

La infancia es otro de esos territorios imposibles de recuperar. Podemos volver a la casa, al barrio, a las calles donde crecimos… pero no podemos volver a la mirada con la que los habitábamos. Antes todo era descubrimiento. Hoy todo es conciencia. Antes el tiempo era infinito; hoy sabemos que es finito. Y entonces entendemos que no es el lugar el que cambió… somos nosotros quienes ya no vemos igual.

La juventud, por su parte, fue un estado de intensidad. Una forma de caminar el mundo con más impulso que prudencia, con más deseo que cálculo. Querer volver ahí es olvidar que esa etapa tenía sentido precisamente porque era pasajera. Porque la vida no está diseñada para permanecer… sino para avanzar.

Quizá por eso la madurez no consiste en aferrarse a lo que fue, sino en saber agradecerlo. Agradecer los trabajos que nos formaron, aunque ya no estemos ahí. Agradecer a los amigos que compartieron un tramo del camino, aunque hoy la distancia sea inevitable. Agradecer la infancia que nos dio raíz… y la juventud que nos dio impulso.

La vida no nos quita cosas. La vida nos mueve de lugar. Nos invita a soltar versiones pasadas para poder habitar nuevas etapas con mayor conciencia, con más profundidad, con otra mirada. Y en ese proceso, hay una verdad que, aunque incómoda, también es liberadora: no todo lo que fue bueno… está destinado a repetirse. Hay experiencias que solo tenían sentido en el momento en que ocurrieron.

A veces, lo que en realidad extrañamos no es el lugar… sino la versión de nosotros que habitaba ahí. Extrañamos cómo nos sentíamos, lo que soñábamos, la ligereza con la que vivíamos esos días. Pero la vida no nos pide volver a ser quienes fuimos, sino honrar lo que fuimos… para construir, con mayor conciencia, lo que aún podemos llegar a ser.

Porque al final, no se trata de volver… se trata de integrar. De reconocer que cada etapa nos dejó algo que hoy somos. De agradecer sin aferrarnos. De recordar sin intentar revivir. De honrar sin quedarnos ahí. Porque hay lugares, personas y momentos que ya no se visitan…no porque se hayan perdido, sino porque ahora viven dentro de nosotros.

Y quizá, sin proponérnoslo, esta reflexión encuentra eco en una canción de Joaquín SabinaPeces de ciudad— que lo dice con la crudeza y la belleza que solo él sabe expresar:

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…

No como una renuncia… sino como una forma profunda de comprender la vida.

gerardolunadar2013@gmail.com

Compartir: