La historia diplomática de los Estados Unidos ha oscilado entre dos pulsiones permanentes: el liderazgo cooperativo y la tentación imperial.
Desde la Doctrina Monroe de 1823 —concebida para frenar nuevas colonizaciones europeas en América— hasta las intervenciones militares del siglo XX, Washington ha aprendido a hablar en nombre de la libertad mientras, no pocas veces, actúa bajo la lógica del interés nacional.
Esa dualidad explica por qué cada cierto tiempo surge un personaje que confunde poder con derecho divino. Donald Trump es uno de ellos.
La reciente fricción verbal con el Vaticano no debe verse como un episodio menor. La Santa Sede, con siglos de experiencia diplomática, acostumbra la prudencia y la sutileza. No suele confrontarse a los mandatarios del mundo.
Por ello, cuando desde Roma se deslizan críticas severas sobre “tiranías” o conductas autoritarias, el mensaje no es improvisado: es una señal de alarma moral.
Trump ha construido su figura pública bajo la estética del rugido. Habla como conquistador, negocia como caudillo y gobierna como si el planeta entero fuese una extensión de Manhattan.
Ha insultado aliados históricos, presionado socios comerciales, despreciado organismos multilaterales y reducido complejos conflictos internacionales a frases de campaña. Bajo su visión, la diplomacia deja de ser arte del equilibrio para convertirse en espectáculo de fuerza.
No es la primera vez que un presidente estadounidense entra en tensión con la Iglesia católica. John F. Kennedy debió demostrar que no obedecería al Papa; Ronald Reagan buscó acercamientos estratégicos con John Paul II para enfrentar al bloque soviético; Joe Biden fue cuestionado por obispos conservadores por temas éticos.
Pero una cosa es la discrepancia doctrinal y otra el choque entre soberbia política y autoridad espiritual.
El Vaticano representa mucho más que fe. Es uno de los actores diplomáticos más antiguos y persistentes del sistema internacional.
Ha mediado guerras, impulsado procesos de paz y sobrevivido a imperios que parecían eternos. Quien lo subestima desconoce la historia. Napoleón lo intentó. Mussolini lo instrumentalizó. Hitler lo vigiló. Ninguno salió victorioso en el juicio de la posteridad.
Trump, sin embargo, parece convencido de que el poder económico y militar basta para doblegar cualquier resistencia. Esa percepción es peligrosa. Cuando una superpotencia se comporta como dueño del tablero, erosiona las reglas que ella misma ayudó a construir tras 1945: Naciones Unidas, alianzas estratégicas, comercio internacional y equilibrios regionales.
El problema de los leones rugientes no es el volumen de su voz, sino el eco que dejan.
La arrogancia de los poderosos suele despertar resistencias inesperadas: mercados nerviosos, aliados distantes, adversarios fortalecidos y pueblos cansados del abuso.
Quizá por eso la voz del Vaticano incomoda tanto. Porque recuerda una verdad antigua: ningún imperio manda para siempre, ningún presidente es dueño del mundo y hasta el rugido más feroz termina extinguiéndose en el silencio de la historia.
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