La historia no perdona la ingenuidad ideológica.
La documenta. La exhibe. Y, muchas veces, la castiga.
Este sábado, la presidenta Claudia Sheinbaum viajará a Barcelona para participar en el encuentro del Movimiento Progresista Global (Global Progressive Mobilisation), una plataforma que agrupa a líderes de izquierda con un discurso común: justicia social, multilateralismo y, en esta coyuntura, una consigna clara: “NO A LA GUERRA”.
La escena no es menor. Compartirá espacio con figuras como Luiz Inácio Lula da Silva y Pedro Sánchez, dos referentes del progresismo contemporáneo.
Pero la pregunta de fondo no es quiénes se reúnen, sino para qué y contra quién.
Históricamente, los bloques ideológicos han surgido como reacción. Durante la Guerra Fría, el mundo se dividió en dos polos irreconciliables: capitalismo vs. socialismo.
Hoy, aunque los matices son distintos, el impulso es similar: construir alianzas frente a una figura percibida como amenaza. En este caso, Donald Trump, cuya retórica nacionalista, proteccionista y confrontativa ha reconfigurado el tablero político global.
El progresismo internacional intenta reagruparse. No es casualidad. De acuerdo con estudios del Varieties of Democracy Institute (V-Dem) y análisis de Freedom House, el mundo vive una fase de retroceso democrático, donde liderazgos fuertes, discursos antiinstitucionales y polarización extrema ganan terreno.
En ese contexto, encuentros como el de Barcelona buscan articular una respuesta política y narrativa.
Sin embargo, la política internacional no es un aula universitaria.
Es un campo minado.
México, por geografía y economía, no puede darse el lujo de jugar a las trincheras ideológicas. Más del 80% de sus exportaciones dependen de Estados Unidos.
La relación bilateral —compleja, histórica, inevitable— exige pragmatismo, no romanticismo político.
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta su evolución al T-MEC, la interdependencia ha sido la constante.
Colocarse, aunque sea simbólicamente, en un bloque que busca “contener” a Estados Unidos —o a su posible próximo presidente— no es una decisión menor. Es un mensaje. Y los mensajes, en diplomacia, pesan más que los discursos.
La izquierda latinoamericana ha tenido momentos de cohesión, como la llamada “marea rosa” de inicios del siglo XXI.
Pero también ha demostrado fracturas internas, contradicciones económicas y límites estructurales.
Brasil, bajo Lula, busca equilibrio. España, con Sánchez, navega entre tensiones internas y compromisos europeos. México, en cambio, enfrenta una disyuntiva: alinearse ideológicamente o proteger estratégicamente su relación con su principal socio comercial.
Porque una cosa es levantar la bandera de la paz.
Y otra muy distinta es echarle más leña al fuego diplomático.
La frase “NO A LA GUERRA” suena potente. Convoca. Seduce.
Pero en política internacional, la paz no se construye con consignas, sino con intereses bien calculados.
La historia lo demuestra: los países que sobreviven y prosperan no son los que gritan más fuerte, sino los que negocian mejor.
Hoy, México camina sobre una línea delgada.
Entre la convicción ideológica y la realidad geopolítica.
Y en ese equilibrio… se define su futuro.
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