abril 9, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

¡PUES COMPREN MAGNA!

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“Si la gasolina Premium está cara, pues compren Magna”, sentenció Claudia Sheinbaum.
¿Déjà vu? ¡Claro! Esa película ya la había visto… y no precisamente en la pantalla de la mañanera, sino en el WhatsApp de un amigo que, a mediados de marzo, encabronado, me mandaba fotos y ticket de lo que le habían “asaltado” en la gasolinera. Sí, ya sé que era “cobrado”, pero por el tono de su mensaje, juro que yo leía “asaltado”.
–¿Y quién nos va a explicar por qué la Premium subió dos pesos?
–¿En serio? Hoy fui a cargar y ni vi… —le respondí, ingenuo de mí.
–Más de 27 en Ferche…
Y siguió el parte de guerra: que él suele cargar en Coatepec, que apenas ocho días antes –por ahí del 10 de marzo– la había pagado en 23.58 pesos, y que esa tarde se la dejaron caer en 25.20. Para rematar, me soltó la ironía negra, flaca, lánguida, pero efectiva: “Pero sé que pronto estará en diez pesos”. Y acompañó la frase con un emoji de Trump riéndose… como si el gringo anaranjado también despachara en la bomba.
No me quedé con la duda. Busqué mi ticket. Capaz y a mí también me habían ensartado sin que me diera cuenta. Pero no. Acá, por Jardines de Xalapa, la Premium estaba en 22.46. Se lo presumí. Grave error. Me reviró con foto de su ticket, luego con imagen de una gasolinera cerca del Velódromo donde marcaba 26.99, y otra más, cerca del Estadio Colón, en 26.49. Casi me sentí bendecido por la estación de mi barrio.
Hasta ahí mi déjà vu.
El lunes, al pasar por la gasolinera cercana a la casa, respiré con alivio… y no porque estuviera barata, sino porque todavía no llegaba al escándalo completo: ya arañaba los 29 pesos la Premium, mientras la Magna andaba por los 23. Mi alivio era simple: días antes ya le había llenado el tanque a mi carrito con Premium, pero todavía no a esos niveles de puñalada.
Y entonces cayó la frase presidencial: “Si la gasolina Premium está cara, pues compren Magna”.
Sí, en el papel suena fácil. Tan fácil como decirle al que trae zapatos del 8 que se compre del 6 porque están más baratos. El problema es que mi carrito no come lo que yo quiera, sino lo que necesita. Una vez, dicen los especialistas, no pasa nada, pero si el cambio se vuelve costumbre, ahí empiezan el cascabeleo, el desgaste, la protesta mecánica y quién sabe cuántas herejías más bajo el cofre.
Uno entiende, más o menos, que si Trump juega a la guerrita con Irán, sube el petróleo, tiemblan los mercados y acá termina uno financiando el conflicto cada vez que carga combustible. Lo que también se entiende es otra cosa: que el Gobierno cuide la Magna porque es la gasolina de la raza de bronce, y al diésel porque es el que mueve al país. La Premium, en cambio, queda como artículo de lujo; casi casi como iPhone de última generación: ahí andas de presumido mamalón, pero andas en urbano.
Ha de pensar doña Claudia que quien carga Premium trae cartera de alto octanaje. Y no. A veces uno trae carrito modesto, bolsillo modesto y tanque exigente. Así de cruel es la mecánica: no siempre el que usa Premium es ricachón; a veces nomás es víctima de las especificaciones del fabricante.
Total, como ciudadano uno podrá no entender del todo el Medio Oriente, la bolsa, los estímulos fiscales o las finanzas globales… pero lo que sí entiende clarito es la sentencia presidencial: si está cara la Premium, pues compren Magna. Y si no, a esperar, como dice mi amigo, a que baje a diez pesos…

Imagen de portada: Redes sociales/ Kans Nava

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