abril 1, 2026

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Polarización, ruido y responsabilidad: una mirada más allá de las explicaciones fáciles

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En el debate público mexicano se ha vuelto común atribuir la degradación de la conversación democrática a una combinación aparentemente clara, la polarización política impulsada desde el poder y una ciudadanía incapaz de distinguir entre información y propaganda. Aunque este diagnóstico contiene elementos de verdad, también corre el riesgo de caer en aquello que critica, simplificar en exceso un fenómeno profundamente complejo.

Es innegable que durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se consolidó un estilo discursivo que divide el espacio público en bloques antagónicos, “pueblo” contra “élite”, “transformadores” contra “conservadores”. Este tipo de narrativa no es exclusivo de México; forma parte de un repertorio político ampliamente utilizado por liderazgos de distintas ideologías. Su eficacia radica en su capacidad para movilizar apoyo, generar identidad y simplificar la realidad. En ese sentido, la polarización no es un accidente, sino una herramienta, reduce los matices y convierte debates complejos en confrontaciones binarias.

Sin embargo, sería un error atribuir la polarización únicamente a una figura o a un sexenio. México arrastra condiciones estructurales que la hacen particularmente fértil, una desigualdad histórica persistente, una profunda desconfianza en las instituciones, un ecosistema mediático fragmentado y, más recientemente, influencers, boots  y plataformas digitales que amplifican el conflicto y premian las posturas más extremas. La polarización, por tanto, no se crea de la nada; se intensifica sobre un terreno ya predispuesto.

Algo similar ocurre con la idea de que la “baja escolaridad” explica la incapacidad de la sociedad para distinguir entre información y propaganda. Si bien el nivel educativo influye en el pensamiento crítico, no es ni el único ni el principal factor. La evidencia muestra que incluso personas con alta formación académica son susceptibles a la desinformación cuando esta refuerza sus creencias previas. Los sesgos cognitivos —como el de confirmación o la identificación con un grupo—, la confianza en determinadas fuentes y la saturación informativa pesan tanto o más que la escolaridad formal. El problema, entonces, no es exclusivamente educativo, sino también psicológico y estructural.

Donde el diagnóstico acierta con mayor claridad es en la descripción del entorno informativo actual. Vivimos en una economía de la atención donde todo compite por segundos de interés. La sobrecarga informativa, los ciclos de noticias cada vez más cortos y la constante producción de polémicas generan un fenómeno de “indignación efímera”, el escándalo de hoy desplaza al de ayer sin dejar rastro. En este contexto, la rendición de cuentas se debilita no necesariamente porque falte información, sino porque falta continuidad. De ahí el interés del SAT por desaparecer aquellas ONGS que resultan críticas para la Cuarta Transformación.

Las consecuencias son profundas. Sin seguimiento sostenido, los casos pierden relevancia pública; sin presión constante, el costo político de la inacción disminuye; sin memoria colectiva, los errores no se traducen en sanciones. El problema no es solo lo que se dice, sino lo que se olvida.

No obstante, sería injusto ignorar los contrapesos que sí existen. En México, investigaciones periodísticas han derivado en consecuencias reales, organizaciones civiles han logrado mantener temas en la agenda durante años y procesos judiciales —aunque lentos— continúan avanzando. Estos ejemplos muestran que la rendición de cuentas no ha desaparecido, pero sí enfrenta un entorno más adverso.

En suma, la combinación de polarización y saturación informativa efectivamente erosiona la calidad del debate público y dificulta la exigencia ciudadana. Pero reducir este fenómeno a una sola figura política o a la supuesta falta de capacidad crítica de la sociedad es insuficiente. Se trata, más bien, de un sistema complejo donde interactúan estrategias políticas, dinámicas mediáticas, sesgos humanos e instituciones con distintos niveles de fortaleza.

Entender esa complejidad no resuelve el problema de inmediato, pero evita caer en explicaciones cómodas que, al final, impiden enfrentarlo con seriedad.

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cacostabravo@yahoo.com.mx

Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico en comunicación en la Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.

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