marzo 25, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

 “La última sobremesa”

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Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que conversar era un acto sagrado. No hacía falta agenda, ni notificaciones, ni emojis para entendernos. Bastaba una mesa, un café tibio que se alargaba más de lo debido y alguien dispuesto a quedarse… a escuchar. Yo crecí ahí. En sobremesas que no tenían prisa, con conversaciones que no competían con ninguna pantalla y en silencios que también decían cosas.

Recuerdo a mi madre hablándome de astrología como quien revela los secretos del universo. A mi hermano, desmenuzando la música, la política y uno que otro chisme después de comer, como si el tiempo no importara. A mi abuela, tejiendo historias al ritmo de sus agujas, en una sala de Xalapa donde las tardes duraban horas… y las palabras, más. Ahí entendí que conversar no era llenar el aire con sonidos, era construir vínculos.

También hubo una época en la que las sobremesas tenían nombre propio. Después del desayuno, cuando la casa por fin quedaba en silencio, se abría ese espacio breve —y al mismo tiempo infinito— para hablar de todo: del trabajo, del hijo, de la vida que íbamos armando sin darnos cuenta. Cuando eso terminó, no fue solo la ausencia lo que quedó… fue el vacío de esa conversación diaria. Durante mucho tiempo dejé de desayunar, como si así pudiera evitar sentarme frente a ese hueco.

Sin embargo, la vida — que siempre insiste— también sabe devolvernos las palabras, y me volvió a regalar conversaciones interminables. De esas que no caben en un horario, de las que cruzan carreteras, llamadas, mensajes… y años. Hay personas con las que uno no deja de hablar nunca, aunque el calendario diga otra cosa, porque hay conversaciones que no se rompen. Cambian de forma, de horario, de lugar… pero siguen ahí, resistiendo. Como si hablar fuera, en el fondo, otra manera de permanecer.

Pero algo pasó, no de golpe, ni con estruendo, pasó despacio… como pasan las cosas que realmente cambian al mundo. Hoy, en las mesas, ya no hay miradas: hay pantallas. Ya no hay pausas: hay scroll. Ya no hay escucha: hay distracción. Hemos normalizado estar… sin estar.

Y mientras eso ocurre, algo más profundo se está gestando. Niñas y niños que crecen frente a una pantalla antes que frente a un rostro. Que aprenden a deslizar el dedo antes que a sostener una conversación. Especialistas llevan años advirtiéndolo: el uso temprano y excesivo del celular no solo retrasa el lenguaje, también limita la capacidad de interpretar emociones, de esperar turnos, de tolerar el silencio incómodo que toda conversación real implica. La conversación —esa herramienta invisible que forma pensamiento, emoción y carácter— ha sido sustituida por estímulos inmediatos que no enseñan a relacionarse con otros.

A la par, hemos ido aceptando una nueva forma de ausencia. Se volvió cotidiano mirar el celular mientras alguien nos habla, interrumpir una charla por una notificación o compartir la mesa con personas que, en realidad, están en otro lugar. Lo grave no es hacerlo… es que ya no nos incomoda. La desconexión dejó de ser excepción y se convirtió en norma. Ahora se elige una notificación antes que una historia contada en voz baja, como si la vida real pudiera ponerse en pausa… pero no.

Nos hemos vuelto expertos en responder mensajes… pero torpes para sostener una charla.
Rápidos para escribir… pero lentos para sentir. ¿En qué momento dejamos de conversar? Quizá no se perdió del todo ese maravilloso mundo. Quizá solo está esperando a que alguien —cualquiera de nosotros— decida volver a la mesa, dejar el teléfono a un lado y hacer la pregunta más simple, pero más olvidada de estos tiempos:

—¿Cómo estás… de verdad?

Tal vez ahí, justo ahí, todavía quede algo de lo que fuimos.

Y si tenemos suerte…
también de lo que aún podemos ser

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