marzo 23, 2026

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Regresión

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El deterioro democrático ya no es una sospecha ni una consigna ideológica; es un dato medible.

Diversos índices internacionales —entre ellos los reportes de Freedom House, V-Dem Institute y The Economist Intelligence Unit— coinciden en un diagnóstico inquietante: el mundo atraviesa una regresión simultánea de sus libertades fundamentales, un fenómeno que no se observaba con tal intensidad desde mediados de los años setenta.

Los números no son anecdóticos. En el último año, la libertad de expresión retrocedió en 44 países.

La censura gubernamental se intensificó en la misma proporción. A ello se suma el debilitamiento de libertades esenciales como la de asociación, la integridad electoral y la protección frente a abusos del poder.

No se trata de casos aislados, sino de una tendencia estructural: una erosión progresiva de los contrapesos democráticos bajo la apariencia de legalidad.

La literatura académica ha conceptualizado este fenómeno como “autocratización gradual”.

A diferencia de los golpes de Estado del siglo XX, hoy el deterioro institucional se ejecuta desde dentro, utilizando las propias herramientas de la democracia. Como advierte el politólogo Steven Levitsky, las democracias contemporáneas no suelen morir de forma abrupta, sino que son desmanteladas pieza por pieza, ley por ley, narrativa por narrativa.

México no es ajeno a esta dinámica. Bajo el proyecto político de la llamada 4T, se han encendido señales de alerta que no pueden ser desestimadas como meras diferencias ideológicas.

La concentración del poder, el debilitamiento de organismos autónomos, la descalificación sistemática de la prensa crítica y la presión indirecta sobre voces disidentes, configuran un entorno que tensiona los principios básicos del pluralismo democrático.

La retórica oficial insiste en que se vive una transformación histórica.

Sin embargo, la evidencia sugiere que dicha transformación podría estar acompañada de una regresión institucional.

Cuando el poder cuestiona constantemente a quienes lo fiscalizan —periodistas, académicos, sociedad civil— no solo erosiona la confianza pública, sino que redefine los límites de lo permisible en una democracia.

El problema no radica únicamente en las decisiones políticas, sino en la normalización social de estas prácticas. La ciudadanía, en muchos casos, aplaude medidas que debilitan los contrapesos bajo la premisa de que “limpian” el sistema.

La historia comparada demuestra que ese aplauso inicial suele convertirse, con el tiempo, en silencio forzado.

La regresión democrática no siempre es estridente. Avanza en voz baja, con reformas administrativas, ajustes legales y narrativas polarizantes.

Se justifica en nombre del pueblo, pero termina reduciendo los espacios del propio pueblo.

Frente a este escenario, la responsabilidad de las autoridades es doble: gobernar con eficacia, sí, pero también preservar las condiciones que hacen posible la crítica, la participación y la rendición de cuentas.

Porque una democracia sin libertades no es una democracia imperfecta; es, en los hechos, otra cosa.

La pregunta de fondo no es si México está cambiando —eso es evidente—, sino hacia dónde.

Y más aún: si quienes detentan el poder están dispuestos a escuchar las señales de alerta antes de que la regresión deje de ser una tendencia y se convierta en destino.

Imagen de portada: Libertades ante la regresión política en México/// Revista Forja para el Bien Común

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