marzo 4, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El poder real de las redes sociales en la política

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En la política contemporánea existe una tentación cada vez más poderosa: gobernar para el algoritmo.

Hace apenas dos décadas, la comunicación política tenía tiempos distintos. Un discurso, una conferencia de prensa o una entrevista en televisión podían marcar la agenda del día siguiente. Hoy no. Hoy la conversación pública se mueve a la velocidad de una notificación en el teléfono. Una declaración mal planteada puede convertirse en tendencia nacional en minutos; una frase ingeniosa puede fabricar popularidad instantánea. Y en medio de ese terremoto digital surge una pregunta incómoda: ¿están los gobiernos tomando decisiones pensando en el interés público o en la reacción de las redes sociales?

El crecimiento de las plataformas digitales ha transformado radicalmente la política. Según el Digital 2024 Global Overview Report, más del 63 % de la población mundial utiliza redes sociales, lo que equivale a más de cinco mil millones de personas conectadas. En México, el fenómeno es aún más notable: datos de We Are Social, Meltwater y Marketing e-commerce estiman que existen entre 87.5 y 99 millones de usuarios activos en redes sociales, una cifra que representa alrededor del 78 % de la población, siendo las plataformas preferidas las siguientes: WhatsApp (27.6% de preferencia), Facebook (92.7 millones de usuarios) y TikTok (21.6% de preferencia).

Eso significa que la arena política ya no está únicamente en el Congreso, los cabildos o los debates televisivos. Está en el smartphone de cada ciudadano.

La consecuencia es evidente: la política ha comenzado a medirse en métricas digitales. Likes, compartidos, visualizaciones y tendencias se han convertido en una especie de nuevo termómetro de la aprobación pública. Pero el problema aparece cuando esas métricas empiezan a confundirse con gobernabilidad.

Porque una tendencia en redes sociales no necesariamente representa a la mayoría. De hecho, diversos estudios han demostrado lo contrario. Investigaciones del Pew Research Center han señalado que una proporción relativamente pequeña de usuarios genera la mayor parte del contenido político en plataformas como X (antes Twitter). En otras palabras, un grupo reducido y altamente activo puede amplificar una narrativa hasta hacerla parecer dominante.

En la práctica, esto significa que la conversación digital puede ser ruidosa, intensa y al mismo tiempo poco representativa.

Aun así, muchos actores políticos reaccionan como si ese ruido fuera el país entero.

La lógica es comprensible. Nadie quiere enfrentar una tormenta digital. Un hashtag crítico puede escalar rápidamente a titulares, conferencias de prensa y debates parlamentarios interminables. Lo que comienza como una polémica en internet puede terminar convertida en crisis política. En ese contexto, algunas figuras públicas han optado por una estrategia sencilla: responder a la presión digital de manera inmediata, incluso cuando eso implica improvisar decisiones o modificar políticas públicas.

El riesgo es evidente: la política pública requiere análisis, planeación y continuidad. El algoritmo, en cambio, premia la reacción inmediata.

Las redes sociales, por qué no decirlo, también han traído avances positivos. Han democratizado la conversación pública. Gracias al diseño de la interfaz de la mayoría de redes sociales, hoy cualquier ciudadano puede cuestionar a un funcionario, denunciar abusos o exponer problemas a los que antes se les daba “carpetazo”. En muchos casos, han servido como una herramienta efectiva de vigilancia ciudadana.

Pero también han introducido un fenómeno peligroso: la ilusión de consenso.

Y es que una tendencia viral puede crear la percepción de que todo el país piensa de cierta manera, cuando en realidad se trata de una conversación concentrada en determinados grupos. Basta recordar que plataformas como X tienen un peso mediático enorme, así como una gran base de usuarios, por lo que su capacidad para influir en periodistas, analistas, influencers y políticos no es menor.

De hecho, yo confieso que mi lugar número uno para informarme (o desinformarme) es, en definitiva, Twitter. Y lo ha sido desde hace más de 10 años por la rapidez en la que surge la noticia. Puede gustar más o menos, pero, hoy en día, sigue siendo la única plataforma en la que la noticia viaja la velocidad de la luz; por lo que cualquier agencia de noticias, institución gubernamental, figuras públicas y hasta equipos deportivos optan por emitir comunicados oficiales o posicionamientos a través de un simple tuit.

Los políticos ya entendieron que vivimos en una era en la que gobernar con base en tendencias puede resultar tan riesgoso como gobernar ignorando a la ciudadanía.

Así pues, el verdadero desafío para los gobiernos contemporáneos consiste en encontrar un equilibrio. Escuchar la conversación digital sin convertirse en rehén de ella. Entender que las redes sociales son un termómetro útil, pero no necesariamente un diagnóstico definitivo de la realidad social. Después de todo, hay troles o grupos de usuarios que se dedican específicamente a posicionar agendas políticas artificiales con tal de influir en la percepción ciudadana de manera negativa.

Porque al final, la popularidad digital puede ser efímera. Una tendencia dura horas. Una política pública, en cambio, puede afectar a millones de personas durante años.

La historia política está llena de líderes que fueron profundamente populares en su momento… y profundamente cuestionados después.

El algoritmo premia lo inmediato.

Gobernar, en cambio, exige pensar en el largo plazo.

Fuente:

https://datareportal.com/reports/digital-2024-global-overview-report?utm_source

https://datareportal.com/reports/digital-2024-mexico

https://marketing4ecommerce.mx/uso-de-redes-sociales-en-mexico/#:~:text=Uso%20de%20redes%20sociales%20en%20M%C3%A9xico:%2099%20millones%20acceden%20al,a%20Instagram%20en%20tercer%20lugar.&text=Hoy%20en%20d%C3%ADa%2083.5,contar%20m%C3%A1s%20de%20una%20vez.

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