febrero 19, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

LOCOS DE ATAR

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En México ya no sabemos si estamos viendo el Canal del Congreso… o un casting permanente para reality show. La política nacional, esa que debería ser el arte de gobernar con sensatez, se ha convertido en una pasarela de egos desbordados y micrófonos encendidos.

Ahí está Sergio Mayer, diputado plurinominal que pidió licencia para entrar a La Casa de los Famosos. No es una metáfora: dejó su curul para encerrarse ante cámaras. Anunció que hará “un infierno” dentro de la casa. La frase, sin querer, retrata mejor su tránsito por la vida pública que cualquier discurso legislativo. Su oficio real es el espectáculo; el servicio público le queda como vestuario prestado.

Cuando el Congreso se convierte en trampolín mediático, la representación popular se diluye en rating.

Pero Mayer no está solo en este teatro político. Gerardo Fernández Noroña, hoy investido con responsabilidades legislativas de alto perfil, continúa protagonizando escándalos que lo colocan más en la polémica que en la construcción de acuerdos. Su estilo confrontativo puede entusiasmar a la grada, pero erosiona la institucionalidad. En política, el volumen no sustituye la razón.

En Campeche, Layda Sansores ha elevado el pleito a categoría de gobierno. Conferencias convertidas en tribunales mediáticos, filtraciones como arma política y un tono de permanente confrontación. Gobernar no es ajustar cuentas en horario estelar; es administrar con prudencia. El poder no es micrófono abierto para desahogos personales.

Y en el terreno educativo, Marx Arriaga, ya cesado, dejó una estela de controversias por la politización de los libros de texto gratuitos. La educación pública no es laboratorio ideológico ni espacio para ocurrencias doctrinarias. Es, o debería ser, el cimiento del pensamiento crítico y la pluralidad.

Son tres… pero hay más. La lista de funcionarios que confunden tribuna con escenario, gobierno con espectáculo y autoridad con estridencia, crece con preocupante rapidez.

La llamada transformación prometía austeridad, ética y altura moral. Sin embargo, el ruido constante, la provocación permanente y la banalización del poder proyectan otra imagen: la de un movimiento que, en su afán de dominar la narrativa, terminó atrapado por su propio show.

El país necesita estadistas, no protagonistas de escándalo. Gobernar exige serenidad, preparación y sentido de Estado. Lo demás —los gritos, los desplantes, la teatralidad— entretiene un rato, pero no construye nación.

Y cuando la política se llena de locos de atar, el riesgo no es que hagan un infierno en una casa televisiva… sino que lo hagan en el país entero.

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